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Antonio Cánovas del Castillo: la frase de siete palabras que definió a los españoles en 1876

El político e historiador español Antonio Cánovas del Castillo pronunció en 1876 la frase ‘son españoles los que no pueden ser otra cosa’ durante la redacción de la Constitución. El texto reconstruye su biografía, su rol en la Restauración y su asesinato en 1897.

Antonio Cánovas del Castillo respondió en 1876 con una frase de siete palabras a la pregunta que tenía paralizada a la comisión redactora de la Constitución española: cómo definir quiénes eran españoles. “Pongan ustedes que son españoles los que no pueden ser otra cosa”, dijo el entonces presidente del Consejo de Ministros a Manuel Alonso Martínez, el jurista que encabezaba los trabajos de redacción del texto. La frase no entró en la Carta Magna, pero sobrevive a ella.

La escena fue reconstruida por Benito Pérez Galdós en Cánovas (1912), la última novela de sus Episodios Nacionales. Galdós la sitúa durante los debates parlamentarios sobre la nueva Constitución, cuando Cánovas ocupaba el banco azul del Gobierno, “fatigado de un largo y enojoso debate”. Dos miembros de la comisión se acercaron para preguntarle cómo redactarían el artículo que definía la nacionalidad. Cánovas, según Galdós, “quitándose y poniéndose los lentes, con aquel guiño característico que expresaba su mal humor ante toda impertinencia, contestó ceceoso” la frase que quedaría para la historia.

La Constitución de 1876 fue la sexta carta magna que España se daba desde ‘La Pepa’ de 1812, tras las de 1834, 1837, 1845 y 1869. Su redacción partió de una asamblea de 341 exdiputados y exsenadores monárquicos convocados por Cánovas. De esa asamblea surgió una comisión de 39 notables que delegó el texto definitivo en una subcomisión de nueve personas presidida por Alonso Martínez. La Constitución fue promulgada el 30 de junio de 1876.

El hombre que lanzó esa definición de la españolidad había nacido en Málaga el 8 de febrero de 1828, hijo de Antonio Cánovas García, maestro de escuela, y de Juana del Castillo y Estébanez. Quedó huérfano de padre en 1843, a los 15 años, y en noviembre de 1845 se trasladó a Madrid bajo la protección de Serafín Estébanez Calderón, primo de su madre y escritor conocido bajo el seudónimo de ‘El Solitario’. Estudió Derecho y mostró desde joven una doble vocación: la política y la historia. A los 26 años redactó el Manifiesto de Manzanares, el texto que acompañó la revolución del general Leopoldo O’Donnell y que fue firmado por este. A los 32 ingresó en la Real Academia de la Historia por su Historia de la decadencia de España. Fue nombrado ministro de Gobernación en 1864 y de Ultramar en 1865, durante el reinado de Isabel II.

Tras la Revolución Gloriosa de 1868 y el exilio de Isabel II, Cánovas se convirtió en el principal artífice de la restauración borbónica. Redactó el Manifiesto de Sandhurst, con el que el príncipe Alfonso reclamó el trono, y fue el arquitecto del sistema político conocido como la Restauración, que se extendería desde 1874 hasta 1931. Ejerció la presidencia del Consejo de Ministros en seis ocasiones distintas, alternando el poder con su rival político Práxedes Mateo Sagasta mediante el llamado turno pacífico, un sistema bipartidista inspirado, según el propio Cánovas admitió ante Francisco Silvela, en el modelo británico de tories y whigs.

El sistema descansaba sobre cuatro pilares: rey, Cortes, Constitución y turno de partidos. La alternancia entre el Partido Conservador, fundado por Cánovas, y el Partido Liberal de Sagasta se garantizaba mediante la manipulación electoral sistemática y la red de caciques que controlaban el voto rural. El regeneracionista Joaquín Costa lo describió en 1902 con la expresión “oligarquía y caciquismo”. En las más de veinte elecciones generales celebradas entre 1876 y 1923, ningún gobierno perdió las elecciones que él mismo había convocado. El historiador José Varela Ortega, nieto de José Ortega y Gasset e hijo de Soledad Ortega Spottorno, señaló que la estabilidad del régimen, su mayor logro, se consiguió mediante una solución que toleraba “un caciquismo organizado” y en la que “el electorado quedó descartado como instrumento de cambio político”.

Cánovas fue también presidente del Ateneo de Madrid en tres etapas: 1870-1873, 1882-1884 y 1888-1892. Fue académico de la Real Academia Española, de la de Ciencias Morales y Políticas y de la de la Historia. Su biblioteca personal reunió unos 35.000 volúmenes, dispersados tras su muerte. Su obra historiográfica más extensa fue la Historia General de España, publicada en 18 volúmenes entre 1891 y 1897.

Su rival político Sagasta dijo de él tras su muerte: “Después de la muerte de don Antonio, todos los políticos podemos llamarnos de tú.” La muerte llegó el 8 de agosto de 1897 en el balneario de Santa Águeda, en Mondragón (Guipúzcoa), donde Cánovas pasaba unos días de descanso por sus problemas de glucosuria. Aquella mañana bajó al comedor después de oír misa.

Mientras su esposa, Joaquina de Osma, se detenía en la escalera a hablar con una amiga, él se adelantó y se sentó a leer el periódico en un banco de la galería. Allí le esperaba el anarquista italiano Michele Angiolillo, que se había registrado en el balneario con el nombre falso de ‘Emilio Rinaldini’, haciéndose pasar por corresponsal del periódico Il Popolo. Angiolillo se acercó a menos de metro y medio y disparó tres veces. La primera bala atravesó el periódico que Cánovas leía y le entró por el pecho derecho. Cánovas logró ponerse en pie. Los dos disparos siguientes le alcanzaron en la cabeza. Angiolillo fue juzgado por consejo de guerra y ejecutado mediante garrote vil el 20 de agosto de 1897, doce días después del magnicidio. Durante el juicio declaró que actuaba como represalia por las torturas infligidas a los detenidos en el proceso de Montjuic, del que responsabilizaba al presidente del Gobierno.

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