Especialistas consultados por LA NACION analizan si los atentados de 2001 marcaron el inicio de un declive relativo del liderazgo mundial de Estados Unidos. Las guerras de Afganistán e Irak, el ascenso de China y el deterioro de alianzas son algunos de los factores mencionados.
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 ocurrieron cuando Estados Unidos ostentaba el mayor poder relativo de su historia, según coinciden analistas internacionales. A 25 años de los ataques, el debate sobre si marcaron el inicio de un declive relativo de su liderazgo mundial sigue abierto.
Francisco de Santibañes, presidente del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI), declaró a LA NACION: «No diría que el 11 de Septiembre fue el momento en que comenzó inevitablemente la decadencia de Estados Unidos. Sí fue el inicio de un prolongado desvío estratégico que lo llevó a malgastar una parte considerable de su poder».
Juan Negri, director de Estudios Internacionales de la Universidad Di Tella, sostuvo que los atentados no causaron un declive norteamericano, pero fueron un «punto de inflexión» que obligó a Estados Unidos a usar su poder de manera menos eficiente. «El 11 de Septiembre ocurre en un momento en que Estados Unidos atravesaba el mayor nivel de poder relativo de su historia, después de la Guerra Fría. Sin embargo, los atentados generan una serie de desafíos cuya respuesta termina desviando recursos y atención mientras China seguía creciendo», afirmó.
Juan Gabriel Tokatlian, analista internacional, consideró que el ataque a las Torres Gemelas debe entenderse «como un evento simultáneamente imprevisto y catalizador de una estrategia de Estados Unidos aún vigente a pesar de sus reiterados fracasos». Explicó que para entender el proceso hay que remontarse al fin de la Guerra Fría, cuando entre círculos neoconservadores empezó a pensarse un reemplazo a la tradicional estrategia de contención. En 1992, el entonces secretario de Defensa de George H. W. Bush, Dick Cheney, elaboró la llamada Guía de Planificación de la Defensa, un documento que apuntaba a promover una nueva estrategia de primacía, según la cual Washington no debía tolerar el surgimiento de una potencia de igual talla.
«Se trató de una estrategia maximalista que despertó el rechazo incluso de un gran aliado como Europa. Fue tan controvertida que la Guía de Planificación de la Defensa se retiró. Pero, en esencia, su principio guía quedó establecido: la preponderancia absoluta de Estados Unidos en los asuntos mundiales», dijo Tokatlian.
Con Bill Clinton se inauguró una vía intermedia entre la vieja estrategia de contención y la estrategia de primacía. Pero el complot de Al-Qaeda le daría a Cheney, ahora como vicepresidente de George W. Bush, la oportunidad de impulsar la primacía. «Los atentados terroristas de 2001 se convierten en el detonante para racionalizar la urgencia de un viraje total de la política exterior y de defensa en aras de instaurar la estrategia de primacía. Esto no se trató de ninguna conspiración: los neoconservadores y halcones volvieron al poder con Bush hijo y se presentó una oportunidad para articular e imponer la primacía», sentenció Tokatlian.
El primer objetivo de la «guerra contra el terror» fue Afganistán. La campaña militar para derrocar al régimen talibán contó con un respaldo internacional amplio. «La intervención inicial en Afganistán para combatir a Al-Qaeda era comprensible y ampliamente legítima. El error fue convertirla en una ocupación de veinte años y en un intento de reconstruir desde afuera el Estado y la sociedad afganos», señaló De Santibañes.
Irak cambiaría la ecuación. Saddam Hussein no había tenido vínculo con el complot de Osama ben Laden, pero el clima de inseguridad le dio viabilidad política. «La invasión de Irak fue costosa porque ese país no había participado de los atentados y la guerra alteró el equilibrio regional de una manera que terminó fortaleciendo a Irán», afirmó De Santibañes. «Estados Unidos confundió su enorme superioridad militar con la capacidad de transformar sociedades y construir instituciones. Obtuvo victorias tácticas, pero resultados estratégicos decepcionantes», agregó.
Negri coincidió: la cacería de Al-Qaeda y la eliminación de Ben Laden fueron relativamente exitosas, pero «después Estados Unidos se embarcó en proyectos de construcción nacional y ahí fue donde fracasó». El fracaso afectó la imagen internacional de Estados Unidos, dañada también por episodios como el fiasco de las armas de destrucción masiva o las torturas en Abu Ghraib. Joe Biden, en su visita a Israel en octubre de 2023, pidió que no se dejaran «consumir por la ira» y que no repitieran los errores cometidos después del 11 de Septiembre.
Las guerras tuvieron un alto costo interno. Uno de sus efectos fue la pérdida de confianza de los propios norteamericanos en su gobierno, profundizada por la crisis financiera de 2008. «El cansancio provocado por las llamadas ‘guerras interminables’ y la desconfianza hacia las élites de política exterior contribuyeron al triunfo de Donald Trump en 2016 y al surgimiento del America First. Pero fueron una causa entre varias, junto con la desindustrialización, la inmigración y la polarización cultural», dijo De Santibañes.
Tokatlian interpretó los 25 años como distintas etapas de una misma estrategia: Bush desplegó una «primacía agresiva»; Obama ensayó una «primacía calibrada»; y Trump, una «primacía ofuscada». «Ha recurrido a una suerte de diplomacia de la sumisión en la que persuadir es fútil y chantajear es imprescindible. Anuncia y aplica un unilateralismo pendenciero, descree de los ámbitos multilaterales, amenaza con el uso de la fuerza y desprecia a muchos aliados históricos», señaló.
Sin embargo, Estados Unidos sigue siendo el país más poderoso del planeta. «Estados Unidos continúa representando aproximadamente una cuarta parte del producto global y conserva ventajas extraordinarias en materia financiera, militar y tecnológica, especialmente en inteligencia artificial. No estamos ante el derrumbe del poder estadounidense», afirmó De Santibañes.
Negri sostuvo que la reacción tras el 11-S implicó una enorme inversión de recursos en Medio Oriente, y que «eso facilitó el ascenso de China». «El gran cambio estructural de estas décadas no fue el 11-S, sino el ascenso de China. Los atentados no provocaron ese ascenso, pero llevaron a Washington a enfrentarlo más dividido y después de haber dilapidado recursos, legitimidad y atención estratégica», complementó De Santibañes.
Actualmente, Trump enfrenta un ejército con un faltante crítico de misiles por el doble esfuerzo bélico en Ucrania e Irán y una reasignación de recursos hacia Medio Oriente, como los portaaviones movidos desde el Pacífico. «El 11 de Septiembre obligó a Estados Unidos a una sobreextensión estratégica que luego le dificultó administrar su poder. Sigue siendo el principal poder, pero ya no puede actuar como una potencia incontestada. Lo que sí termina es el período de supremacía indiscutida», dijo Negri.
Tokatlian concluyó: «Washington, en un cuarto de siglo desde el 11-S, ha mostrado un elocuente declive en su poderío. La primacía no se ha abandonado, pero sus resultados han sido magros y frustrantes para Washington. El nuevo aniversario de los atentados corrobora que el auge gradual y la declinación paulatina de una superpotencia es un hecho histórico que se repite. Solo que la ceguera y obsesión actual de Estados Unidos le impide reconocerlo».
Los rivales de Estados Unidos, como Vladimir Putin, Kim Jong-un y el régimen iraní, ponen a prueba los límites del poder de una potencia que hasta hace 25 años parecía no tenerlos.
