El CEO de Palantir sostiene que la propuesta de Bernie Sanders de tomar el 50% de las acciones de OpenAI, Anthropic y xAI parecerá conservadora en dos años. La discusión sobre la propiedad pública de la inteligencia artificial gana terreno en Estados Unidos.
Alex Karp, CEO de Palantir, afirmó en una entrevista con CNBC que la inteligencia artificial podría terminar siendo gestionada como una empresa de servicios públicos. Karp sostuvo que la propuesta del senador Bernie Sanders de tomar el 50% de las acciones de OpenAI, Anthropic y xAI parecerá conservadora en dos años. «En dos años no van a pensar que Bernie Sanders es progresista. Van a decir: ¿solo querés el 50%? ¿Qué es ese 50%?», declaró.
Palantir es una empresa que genera ingresos vendiendo inteligencia artificial a ejércitos y agencias gubernamentales. Karp lleva veinte años trabajando con el Estado. Su predicción se suma a un debate en el que el expresidente Donald Trump dijo que quiere reunirse con líderes del sector para explorar formas de propiedad pública, llamándola una «asociación con el pueblo americano».
David Sacks, ex zar de IA de la Casa Blanca, advirtió que los republicanos que adopten la posición de Sanders se arrepentirán cuando un próximo gobierno demócrata use esas mismas reglas contra ellos. La coincidencia entre un senador socialista y un presidente conservador en estatizar la IA no constituye una coalición ideológica, según el artículo.
Sam Altman, CEO de OpenAI, canceló la Oferta Pública Inicial (IPO) de la empresa, que habría valuado a la compañía en más de un billón de dólares, alegando que el momento es imprudente desde el punto de vista de la seguridad. Dario Amodei, su par en Anthropic, estima entre 10 y 25% la probabilidad de catástrofe. Ambos siguen construyendo.
Andrew Ng, cofundador de Google Brain, dijo que el miedo a la extinción es una campaña de captura regulatoria para aplastar la competencia del código abierto. Las reglas que proponen Altman y Amodei, evaluaciones independientes, organismo único de certificación, estándares definidos en Washington, suenan razonables hasta que se nota que solo las empresas grandes tienen los abogados y los equipos para navegarlas.
Para mediados de 2026, los fondos de campaña financiados por empresas de IA acumularon más de US$ 322 millones en un solo ciclo electoral en Estados Unidos. Si la tendencia que Karp describe se consolida, las valuaciones multimillonarias sostenidas en expectativas de crecimiento exponencial cederían paso a rendimientos regulados, tarifas fijadas por el gobierno, controles sobre exportaciones de modelos.
El incentivo económico migraría de la innovación acelerada hacia el cumplimiento normativo, con un ecosistema que se parece más a una empresa de servicios públicos que a una startup. Es un escenario que destruye el modelo de OpenAI y que Palantir, que ya opera exactamente así desde su primer contrato con la CIA en 2004, navegaría sin sobresaltos.
Lo que ninguno de estos actores menciona es la pregunta más simple: ¿para quién? La IA que Altman no quiere llevar a bolsa, que Sanders quiere estatizar y que Karp ya le vende al ejército existe en un contexto donde ningún sistema educativo del mundo ha decidido todavía cómo enseñarla, ni cómo enseñar a pensar sin ella. Las agencias que deberían regular no tienen capacidad técnica interna para auditar y dependen, paradójicamente, del asesoramiento de las mismas corporaciones que pretenden controlar.
