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miércoles, 26 agosto, 2026
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La redefinición del saber: de la economía del conocimiento a la economía de la innovación

El avance de la inteligencia artificial y la creciente relevancia del capital intangible redefinen el concepto de saber, que ya no se limita a procesar información sino a desarrollar el sentido crítico para generar innovación.

En la década de 1960, Fritz Machlup y Peter Drucker comenzaron a referirse a la “economía del conocimiento”, señalando que las transformaciones globales hacían que el saber aplicado generara más valor que el trabajo manual o los recursos físicos. Este fenómeno se aceleró y, en 2026, la revolución tecnológica mundial ha incrementado la relevancia del conocimiento como generador de valor, organizado bajo el concepto de “capital intelectual”.

El conocimiento se distingue de la información: mientras la información es un dato exógeno, el conocimiento es endógeno, producto de la acción basada en información. En la actualidad, cada producto contiene porciones crecientes de valor basadas en la construcción cognitiva aplicada. Un estudio de Brand Finance indica que, en las mayores economías del mundo, el capital intangible alcanzó un récord de 97,6 billones de dólares, superando el valor de los activos físicos.

Bill Schmarzo, experto en big data, sostiene que los datos son más relevantes que el petróleo, ya que el saber es inagotable, se aprecia con su uso y permite economías de escala. El nuevo conocimiento se posiciona como principal medio de creación de valor, lo que impulsa cambios en modelos organizacionales, políticas públicas y comportamientos individuales.

En Argentina, la transformación actual tiene tres fuentes: el agotamiento de una economía cerrada y estatizada, las políticas gubernamentales orientadas a una economía de mercado con apertura creciente, y el impacto de la revolución tecnológica global. Estos factores afectan de manera integrada los roles de los actores en la comunidad.

El mundo transitó de la economía industrial a la postindustrial y luego a la “sociedad de la información”, para ingresar en la economía del conocimiento. Expertos como Lincoln Antoine y Aneesh Raman, director de Oportunidades Económicas de LinkedIn, señalan que se avanza hacia la “economía de la innovación”, donde la habilidad de aplicar críticamente el conocimiento para generar creatividad e innovación es más relevante que la mera acumulación de datos.

La pregunta “¿qué es saber?” adquiere centralidad. Según Raman, la experiencia técnica y las habilidades intelectuales ya no son suficientes; se requiere capacidad de juicio y creatividad. El acceso al saber define las capacidades de actuar como ciudadanos, consumidores, trabajadores o agentes sociales.

El Global Innovation Index de la Organización Mundial de Propiedad Intelectual (IMPI) compara 139 países y ubica a Suiza, Suecia y Estados Unidos como los más avanzados. Argentina ocupa el puesto 77, detrás de Chile, Brasil, México y Uruguay. Instituciones educativas, empresas, sindicatos, cámaras, ONG y gobiernos enfrentan el desafío de reaccionar.

La evolución del país no dependerá solo de la inversión en capital físico, la estabilización macroeconómica o el desarrollo financiero, sino del desarrollo del nuevo saber: capacidad de sintetizar, conectar, adaptarse, evaluar creativamente y orquestar la interacción hombre-tecnología. Saber ya no es procesar información, sino desarrollar el sentido crítico para encontrar nuevas respuestas.

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