7.6 C
Buenos Aires
lunes, 11 mayo, 2026
InicioSociedadAprender mandarín en Buenos Aires: una experiencia entre la perseverancia y los...

Aprender mandarín en Buenos Aires: una experiencia entre la perseverancia y los prejuicios

El desafío de aprender un idioma como el mandarín va más allá de las clases. Un relato personal sobre los intentos, los fracasos y los aprendizajes en el camino.

Todo el mundo sabe que para aprender un idioma no basta con ir a clases un par de horas a la semana. Se trata de un proceso que exige práctica continua, para cambiar las estructuras mentales y pensar directamente en el idioma extranjero. Ese es el gran reto: pensar directamente en mandarín. Y aunque se tengan cómplices en esta aventura del lenguaje, también es cierto que la ausencia de interlocutores cotidianos limita el aprendizaje.

De modo que, hace rato, el autor se propuso dar con un hablante nativo con quien ensayar sus tonos: alguien con paciencia suficiente para hablar unos minutos al día. Sólo eso. No se trata de una tarea sencilla. Los migrantes chinos están entre los más estigmatizados de América Latina. Son víctima usual de burlas, comentarios despectivos y de mofas respecto a su modo de hablar español, como si hablar chino fuera en comparación cosa sencilla. Ellos, por su parte, suelen formar comunidades cerradas, defensivas, y a menudo se muestran ásperos, indescifrables, a la hora del contacto con los locales.

De modo que ir al abasto y comenzar a balbucear frases mal dichas en mandarín es una aproximación más bien torpe al asunto. Lo sé porque eso fue lo primero que hice. Mi vuelo de prueba fue con Leti, una china cordial y desenvuelta que atendía cerca de casa. Como era dada a la conversación y nos redondeaba para arriba un par de pesos del vuelto, se me antojó la opción perfecta para empezar. Así que un día intenté preguntarle si lo que escuchaba en su celular eran las noticias. Algo sencillo, pero debo haberlo pronunciado fatal. Leti me miró con gesto desconcertado y me preguntó con condescendencia qué estaba intentando decir. Yo repetí mis cuatro o cinco sílabas titubeantes, cada una con menos convicción que la anterior, y ella sonrió y me dijo que eso no era lo mismo que ella hablaba. Le expliqué mis intenciones y la cosa, en apariencia, no terminó tan mal. Pero a partir de entonces, como si hubiera divulgado un secreto suyo, comenzó a tratarme con frialdad. Tanto, que empecé a obligarme a ir al abasto de la otra cuadra, a pesar de que implicaba caminar más.

Tiempo después, durante las fiestas de año nuevo, obtuve mejores resultados: después del “xinniankuailé” y una sonrisita de turista, obtuve en un par de ocasiones una respuesta más receptiva. Eso me dio coraje para volverlo a intentar. Tuve mi chance al entrar a otro abasto con un amigo venezolano más joven, cuando la cajera, un poco en chanza, nos preguntó si acaso éramos hermanos. Yo respondí en mandarín que sí, que era mi hermano menor, y a ella la sonrisa se le detuvo. Siempre en español, me preguntó con hosquedad qué era eso que yo había dicho, usando el mismo tono de desprecio que yo había visto a muchos clientes usar con ella. El chino, por lo visto, había pasado a ser yo.

Podría contar otros tropiezos, pero prefiero cerrar esta nota con optimismo: hace poco abrió en el barrio una lavandería, atendida por una pareja china. Mañana llevaré algo de ropa a lavar. Deséenme suerte.

Más noticias
Noticias Relacionadas