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domingo, 10 mayo, 2026
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Mary Ann Bevan: de enfermera a ser exhibida como «la mujer más fea del mundo» para sostener a sus hijos

La historia de Mary Ann Bevan, una enfermera británica que tras padecer acromegalia y enviudar se presentó a concursos de rarezas para mantener a sus cuatro hijos, recorriendo ferias en Reino Unido y Estados Unidos.

En una sociedad en la que la belleza equivale a respeto y valor, no ser considerado bello (o dejar de serlo) puede condenar a las personas a lo más bajo. Eso le pasó a Mary Ann Bevan. Antes de que su nombre apareciera en carteles y postales, su vida era otra. Había nacido en 1874, en el sudeste de Londres, dentro de una familia trabajadora numerosa. Era inteligente, disciplinada, y esas dos cosas le alcanzaron para abrirse camino. En 1894 se recibió como enfermera. A los 29 años, se casó con Thomas Bevan, un granjero de Kent. La vida empezó a ordenarse: una casa, estabilidad, cuatro hijos. Todo parecía funcionar bien, pero mientras eso crecía, algo en su cuerpo empezaba a romperse. Empezó a sentir los primeros síntomas: intensos dolores de cabeza, molestias en los músculos y articulaciones, un cansancio infinito. Los médicos no lograban explicar qué estaba pasando. Mary continuó su vida con regularidad… Hasta que los cambios empezaron a verse. El cráneo se alargó, la mandíbula y la frente empezaron a sobresalir, la nariz se ensanchó, las manos se volvieron más grandes y más ásperas, y su cuerpo comenzó a crecer de manera antinatural. Era imposible de disimular. El diagnóstico llegó después: acromegalia. Un trastorno que provoca un exceso de hormona de crecimiento, generalmente por un tumor en la hipófisis. Hoy en día tiene tratamiento; en ese momento, no. Mary Ann tenía poco más de 30 años cuando su rostro ya había cambiado por completo. La vida la golpeó con la muerte de su marido en 1940. Mary tenía cuarenta años, con cuatro hijos a cargo. Esta pérdida trajo consigo problemas económicos. Su trabajo como enfermera ya no alcanzaba, y además, su apariencia generaba rechazo. Los pacientes reaccionaban con asco o impresión. Conseguir o conservar un empleo se volvió cada vez más difícil. Entonces, empezó a hacer lo que podía, trabajos ocasionales o «changas», cualquier ingreso servía. Mientras, veía cómo la gente la miraba, se burlaba o la insultaba. Fue en ese momento en el que apareció el anuncio de un concurso que buscaba a «la mujer más fea del mundo». El premio era dinero, algo que a Ann le servía, así que decidió participar. Y ganó. Ese título, que la reducía a una sola cosa, se convirtió en su única herramienta concreta para sostener a su familia. Se unió a espectáculos de feria, recorrió Inglaterra, Escocia e Irlanda. La gente quería verla, no a ella, sino al «fenómeno». En 1912 respondió a otro anuncio. Esta vez la búsqueda era más directa: se buscaba a la mujer más fea, con buena paga y contrato prolongado. Envió su foto y fue aceptada. El destino era Coney Island, en Nueva York, uno de los centros más grandes de espectáculos de feria. Fue en ese lugar que consolidó su cuerpo como su trabajo definitivo. Actuaba junto a otras personas con características físicas inusuales, convertidas en entretenimiento. Usaba vestuario llamativo para acentuar aún más su imagen. Ella sonreía, posaba, hasta vendía postales con su cara. Ya no había retorno para aquel título. Está claro que su trabajo lo hacía por necesidad, no por orgullo. Con su exposición de esos años, ganó lo suficiente para mantener a sus hijos e, incluso, enviarlos a escuelas privadas. En medio de esa vida, se animó a intentar reavivar su historia de amor. Se enamoró de un hombre del circo. Trató de cambiar su apariencia, pasó por tratamientos estéticos, buscó verse distinta. Pero no funcionó. El vínculo no prosperó y Mary Ann volvió a dedicarse a lo único que tenía asegurado: su trabajo. Con el tiempo, la enfermedad siguió avanzando. El dolor aumentaba y empezó a fallar su visión, pero no dejó de trabajar. Para ese momento, ya llevaba años siendo vista con curiosidad, como un espectáculo. Pero, en paralelo, fue el sostén de cuatro vidas que dependían de ella. Mary Ann no eligió su enfermedad ni el lugar al que la empujó. Pero cuando todo lo demás dejó de ser opción, convirtió ese mismo rechazo en sustento. No paró hasta que, finalmente, murió el 26 de diciembre de 1933, a los 59 años. Su cuerpo fue trasladado de regreso a Londres, tal como había pedido.

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