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jueves, 30 abril, 2026
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El olfato no es caótico: la ciencia descubre que se organiza con mapas precisos

Dos estudios publicados en la revista Cell demuestran que el sistema olfativo funciona con una organización espacial definida, desmintiendo la idea de que es un sentido desordenado.

Durante décadas, el olfato fue considerado el sentido menos organizado. A diferencia de la vista o el oído, donde existe una correspondencia clara entre estímulos externos y mapas neuronales, se pensaba que la detección de los olores respondía a una lógica difusa. Esa idea, repetida durante años en libros de texto y clases universitarias, acaba de ser puesta en jaque.

Dos estudios publicados en la revista Cell proponen una revisión profunda de ese esquema. En conjunto, muestran que el sistema olfativo no funciona de manera anárquica: está organizado mediante mapas espaciales definidos que coordinan la nariz y el cerebro con un grado de precisión inesperado. Lejos de ser una excepción desordenada dentro de los sentidos, el olfato también sigue reglas estrictas de organización biológica.

“Durante unos treinta años les enseñamos a los estudiantes que la organización del olfato era tosca y en buena medida azarosa. Estos trabajos demuestran que esa descripción es incorrecta”, escribió el neurocientífico Johan Lundström, del Instituto Karolinska, en un artículo de análisis publicado en Nature.

El olfato comienza en el epitelio olfativo, una franja de tejido situada en la parte superior de la cavidad nasal. Allí se encuentran millones de neuronas sensoriales, cada una especializada en detectar ciertas moléculas químicas del ambiente. En los ratones, modelo animal utilizado en ambos estudios, existen alrededor de 1100 tipos distintos de receptores olfativos funcionales, frente a unos 400 en los humanos.

El primero de los estudios cuestiona de raíz la idea de que esos receptores se distribuyen de manera poco precisa. A partir del análisis de millones de neuronas individuales, combinando secuenciación genética y técnicas de transcriptómica espacial, los investigadores lograron reconstruir la disposición de los receptores en el epitelio. El resultado fue inequívoco: cada receptor ocupa una posición espacial característica, reproducible entre individuos, y su localización responde a gradientes continuos que atraviesan el tejido.

“Cada receptor olfativo ocupa una posición espacial específica en el epitelio olfativo”, señalan los autores. En lugar de zonas amplias y poco definidas, lo que emerge es un sistema de franjas superpuestas, organizadas a lo largo de distintos ejes, que conforman un mapa de alta resolución. Uno de los hallazgos clave es que ese orden se establece desde etapas tempranas del desarrollo: “la identidad espacial de las neuronas sensoriales se establece antes de la elección del receptor”.

El segundo estudio completa el cuadro al analizar qué ocurre más allá de la nariz, en el cerebro. Las neuronas sensoriales olfativas proyectan sus axones hacia el bulbo olfatorio, donde las señales se organizan en glomérulos. El nuevo trabajo muestra que la relación entre receptores y glomérulos es mucho más precisa de lo que se creía. “La organización espacial del epitelio olfativo se refleja de manera precisa en los mapas del bulbo olfatorio”, escriben los autores en Cell.

En conjunto, ambos estudios muestran que la nariz y el cerebro no construyen el olfato al azar, sino siguiendo un diseño biológico robusto y repetible.

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