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sábado, 25 abril, 2026
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Me quedo en mi isla: el aislamiento social crece en Argentina y el mundo

Según el Edelman Trust Barometer 2026, la desconfianza hacia quienes piensan distinto y la preferencia por fuentes afines se profundizan. En Argentina, solo un 36% se expone a información de perfil ideológico diferente, 10 puntos menos que el año anterior.

Somos predecibles: preferimos las noticias que confirman nuestros prejuicios, las primeras impresiones nos condicionan, reconocemos los sesgos en los demás con facilidad y casi nunca los vemos en nosotros mismos. A medida que la ansiedad económica, la tensión geopolítica y la disrupción tecnológica se intensifican, las personas nos replegamos.

Achicamos nuestro mundo a círculos más pequeños y conocidos que reflejan nuestras propias visiones y eso obstaculiza el consenso, el progreso económico y la evolución social. Nos estamos volviendo más “insulares” que nunca. Según el informe anual sobre confianza Edelman Trust Barometer 2026, confiamos cada vez menos en quienes son distintos a nosotros. Miramos con sospecha a quienes viven según valores diferentes de los nuestros, se informan con otras fuentes, proponen soluciones con un enfoque que nos resulta ajeno. “El otro” es el hostil.

Algunos de los hallazgos del informe que relevó a 34.000 personas en 28 países, incluida la Argentina: solo el 32% de la población global cree que la próxima generación va a estar mejor que la actual. Prevalece miedo a que no haya trabajo, a que lo que ganen no alcance para vivir, a que el mundo sea cada vez más inseguro. En la Argentina el número es algo más alentador, el 45% es optimista.

En materia de empleo, el 66% de los encuestados tiene miedo de perder su trabajo como consecuencia de las políticas tarifarias y los conflictos internacionales. La encuesta se realizó entre octubre y noviembre de 2025, antes de que se desatara la gran batalla en Medio Oriente.

En el frente informativo, el 65% de la población global teme que otros países difundan desinformación en los medios locales para generar divisiones internas, como si necesitáramos ayuda externa para pelearnos entre nosotros. Los argentinos compartimos esa paranoia en un 53%.

Lo más revelador es lo que confesamos sobre nuestros propios hábitos: solo el 39% de la población mundial dice exponerse a fuentes con un perfil ideológico diferente del propio. En la Argentina estamos peor que el promedio global: apenas un 36% lo hace, y esa cifra cayó 10 puntos respecto del año anterior. No queremos que nos hagan cambiar de opinión.

El resultado de todo esto es una vuelta masiva a la aldea. Cayó el 11% la confianza en los medios globales y el 6% en los líderes internacionales. Subió, en cambio, la confianza en vecinos, amigos, familia, colegas. Confío en los que conozco de primera mano; los demás, mejor que estén lejos.

¿Qué podemos hacer para no volvernos completamente insulares? Alcanza con construir el hábito deliberado de la incomodidad intelectual: leer una fuente que nos moleste, escuchar a alguien que vote distinto, hacerle una pregunta genuina a quien tiene otra visión del mundo, sin el objetivo de convencerlo sino de entenderlo. La neurociencia lleva décadas diciéndonos que el cerebro cambia con la práctica: si solo entrenamos la confirmación, solo crecerá ese músculo. Y la isla se vuelve más chica cada vez que elegimos no salir de ella.

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