La escalada del conflicto en Ucrania y las tensiones con la OTAN contrastan con la formación de bloques alternativos y la vigencia del factor nuclear. Analistas citan paralelismos con la Segunda Guerra Mundial y destacan la posición argentina en materia de no proliferación.
El recrudecimiento de la ofensiva rusa contra Ucrania, con bombardeos sistemáticos sobre infraestructura civil, viviendas, hospitales y escuelas en Kiev, se desarrolla en un contexto de provocación constante sobre el espacio aéreo y marítimo europeo. La reciente interceptación por parte de la aviación polaca de una aeronave rusa sobre el mar Báltico se suma al sobrevuelo de drones en territorio alemán y al desplazamiento de buques cerca de las costas del Reino Unido. Moscú, según el análisis, no solo combate en el frente ucraniano, sino que también pone a prueba la resistencia y el tiempo de respuesta de los países miembros de la OTAN.
Frente a esta escalada, la respuesta diplomática internacional presenta señales de desconexión. Mientras Europa reacciona con indignación, la invitación cursada por Estados Unidos a delegaciones rusas en marcos multilaterales como el G20 expone inconsistencias en una estrategia que combina el auxilio financiero a Ucrania con la tentación del apaciguamiento.
En paralelo, la Cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái reunió a los principales actores de un bloque alternativo: Rusia, China, India e Irán. Este polo geopolítico agrupa a cerca del 30% de la población mundial y articula capacidades militares, industriales y energéticas de escala global.
La lógica de las coaliciones y las lecciones de 1939
Un análisis reciente del empresario tecnológico Martín Varsavsky, basado en premisas también abordadas por el analista Bret Stephens en The New York Times, sugiere que la Tercera Guerra Mundial podría haber comenzado ya, no mediante una declaración formal entre superpotencias, sino a través de la estructuración progresiva de sus condiciones de posibilidad.
Las guerras a gran escala rara vez se inician el día en que se firman los decretos de hostilidad. Comienzan cuando se consolidan tres factores clave: la formación de coaliciones formales e informales, la integración de cadenas de suministro militar y la retroalimentación entre conflictos.
El eje articulado entre Moscú, Pekín, Teherán y Nueva Delhi consolida un bloque de contrapeso frente a Occidente. El intercambio directo de tecnología, satélites, misiles y componentes, como los drones de fabricación iraní utilizados en el frente europeo, conecta operacionalmente teatros de operaciones distantes. Las dinámicas locales se entrelazan: cuando fuerzas ucranianas atacan objetivos logísticos o instructores iraníes debido al abastecimiento hacia Moscú, la delimitación geográfica de la guerra deja de ser regional.
El paralelismo histórico remite a las vísperas de la Segunda Guerra Mundial. La invasión a Polonia en septiembre de 1939 estuvo precedida por la política de apaciguamiento consagrada en los Acuerdos de Múnich de 1938, bajo la premisa de que ceder territorios calmaría las ambiciones expansionistas, y por la delimitación de esferas de influencia mediante el Pacto Ribbentrop-Molotov.
Hoy, la noción de apaciguar a Vladímir Putin enfrenta una limitación de diseño: el régimen ruso se encuentra en una encrucijada donde la continuidad política del liderazgo está atada al resultado del conflicto. En una sociedad con elevada tolerancia a la coerción estatal y al desgaste, las salidas diplomáticas tradicionales pierden eficacia.
El factor nuclear y la posición de la Argentina
A diferencia del escenario global de mediados del siglo XX, el balance de poder actual está condicionado por la existencia de más de 12.000 cabezas nucleares en stock militar, en contraste con los dos únicos dispositivos operativos al cierre de la Segunda Guerra Mundial. El margen de error táctico o de cálculo en el control de este arsenal es excepcionalmente estrecho, lo que otorga relevancia crítica a la diplomacia de no proliferación que encabeza el argentino Rafael Grossi al frente del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).
En este tablero global, la ubicación geográfica de la Argentina, históricamente percibida como una desventaja para la integración comercial, adquiere una dimensión distinta. La distancia respecto de los principales focos de tensión multipolar y de las cadenas de suministro militar crítico convierte a la lejanía territorial en un activo de neutralidad y estabilidad relativa ante un eventual agravamiento del escenario internacional.
