Un joven nacido en España, hijo de argentinos, compartió una carta en la que describe su experiencia de pertenecer a dos culturas y la disyuntiva de elegir por qué selección hinchar en la final del Mundial de fútbol.
Nunca pensé que un partido de fútbol pudiera hacerme entender mejor la vida que me ha tocado vivir.
Hay cosas que uno imagina tantas veces que acaba convencido de que nunca van a pasar. Ver a España y Argentina jugando una final del Mundial era una de ellas.
Y, sin embargo, aquí estamos. Este domingo.
Durante mi vida he visto ganar un Mundial a España, otro a Argentina y me he sentido campeón del mundo en los dos. Nunca tuve que elegir. Nunca hizo falta.
Hasta ahora.
Cuando estoy en Argentina soy el gallego. Cuando estoy en España soy el argentino.
Y, curiosamente, en ambos lados siempre termino defendiendo al otro.
En Argentina me toca explicar por qué quiero tanto a España.
El país donde nací, donde crecí, donde están mis amigos, mi novia, mis recuerdos y donde algún día quiero criar a mis hijos.
Pero también es un país del que tuve que enamorarme por mi cuenta.
En mi casa nadie me enseñó a pedir una caña ni a emocionarme con unas fiestas de pueblo ni a discutir si la tortilla lleva o no cebolla ni a entender por qué un bar lleno un martes cualquiera es sinónimo de que todo va bien.
Todo eso lo aprendí fuera de casa: en el colegio, con amigos, con las familias de esos amigos, viajando y, sobre todo, por curiosidad.
Y un día me di cuenta de que España ya no era solo el lugar donde había nacido.
Era mi casa.
Cuando vuelvo a España, me toca hacer exactamente lo contrario.
Explicar Argentina.
Ese país que nunca tuve que descubrir.
Siempre estuvo ahí: en la forma de hablar de mis padres, en las historias de mis abuelos, en esas sobremesas donde nadie habla bajo y, aun así, nadie se está peleando.
En los asados, en las Navidades con calor y en esa costumbre tan argentina de que siempre aparezca un plato más sobre la mesa por si llega alguien.
Por eso, cuando aterrizo en Buenos Aires y veo a mi familia esperándome, no siento que haya llegado a otro país.
Siento que he vuelto a una parte de mí.
Hay una imagen que resume bastante bien todo esto.
El himno de España no tiene letra y nunca la he echado de menos.
En cuanto suenan las primeras notas, se me ponen los pelos de punta.
El himno argentino sí la tiene. Me la sé entera, la canto y la siento. Y no recuerdo haberla aprendido. Simplemente un día me di cuenta de que ya estaba dentro de mí.
Si hablamos del partido…
Sí. Quiero que gane España.
Quiero vivir lo que apenas recuerdo de 2010. Quiero abrazarme con mis amigos, salir a la calle y ver a mi país unido durante unas horas.
Porque hay algo que siempre me emociona cuando juega España.
Durante unos días desaparece esa sensación de que hay que justificar el querer a tu país.
Las camisetas vuelven a salir del armario, las banderas vuelven a los balcones y, por unas horas, todos parecemos recordar que también sabemos hablar en plural.
Ojalá vuelva a pasar.
Pero hay una parte del partido para la que nadie me ha preparado.
Si España gana, sé perfectamente lo que harán mis padres.
Me abrazarán. Y lo harán con una felicidad inmensa.
No porque España haya ganado, sino porque habrá ganado su hijo.
Ellos dejaron toda una vida atrás para empezar de nuevo a diez mil kilómetros de su casa, de su gente y de su familia. Construyeron una vida desde cero para que mi hermana y yo pudiéramos tener oportunidades que ellos nunca dejaron de perseguir.
Y sé que ese día mi felicidad estará por encima de cualquier bandera.
Eso hacen los padres. Al menos, los míos.
Si gana Argentina, no sé si tendré la madurez suficiente para abrazarlos con la misma alegría con la que ellos me abrazarían a mí. Y me da un poco de vergüenza reconocerlo.
Pero sí sé una cosa.
Habrá una parte de mí que será inmensamente feliz por ellos.
Porque sé lo que significa seguir defendiendo a tu país desde tan lejos, celebrarlo, echarlo de menos y seguir sintiéndolo como casa incluso después de tantos años.
Pensaré en mis abuelos, en mis tíos y en mis primos.
Estoy seguro de que estarán celebrando como nunca.
Pero también estoy seguro de que, durante un instante, alguno mirará alrededor y se acordará de su nieto, de su sobrino o de su primo español que esta vez quería que ganara el otro.
Y creo que ahí está la verdadera suerte de todo esto. No en tener dos países, sino en haber crecido queriendo a los dos sin haber sentido nunca que tenía que renunciar a ninguno.
Quizá esta final solo sea un partido para millones de personas.
Para mí es el resultado de una decisión que tomaron mis padres hace muchos años.
Ellos dejaron un país para construir una vida en otro y, sin saberlo, consiguieron que su hijo nunca tuviera que elegir entre querer a uno o querer al otro.
Solo entre qué camiseta ponerse durante noventa minutos.
El domingo iré con España.
Pero el lunes seguiré siendo exactamente el mismo.
El gallego para los argentinos.
Y el argentino para los españoles.
Y, sinceramente, no cambiaría eso por nada del mundo.
