A 40 años de la muerte de Jorge Luis Borges, un recorrido guiado por la Ginebra donde el escritor vivió su adolescencia y falleció en 1986. La ciudad se prepara para protestas vinculadas a la cumbre del G7, pero el cementerio Plainpalais abrirá para un homenaje.
(Desde Ginebra) Faltan horas para que se cumplan 40 años de la muerte de Jorge Luis Borges y el cementerio de Plainpalais, donde está enterrado, está cerrado. No está cerrado por Borges, sino porque a 46 kilómetros, en Evian, está por comenzar la reunión del G7. Como esa ciudad no autorizó protestas, las manifestaciones se harán en Ginebra. Por eso, el esplendor ginebrino está tapado: placas de madera protegen las vidrieras, la frecuencia del transporte público está disminuida y se prevé que este domingo sea un día complicado. Justo a 40 años de la muerte de Borges. Pero prometen abrirlo solo para un homenaje al escritor.
Aquí, frente a la puerta de Plainpalais, termina el recorrido por la Ginebra de Borges que organiza Marcos Liyo, presidente de la asociación “Los conjurados”. El recorrido se realiza junto a Alejandro Vaccaro, biógrafo y coleccionista de Borges, y a Alejandro Roemmers, empresario dueño de una colección de 30.000 piezas del escritor.
“Sé que volveré siempre a Ginebra, quizá después de la muerte del cuerpo”, lee Liyo casi llegando al cementerio. Es el final de un poema que Borges escribió en 1984, dos años antes de morir.
Borges no solo murió en Ginebra sino que vivió allí entre 1914 y 1918, cuando era adolescente. La familia Borges se trasladó a Ginebra porque los padres querían que él y su hermana Norah se educaran allí. El padre, que se estaba quedando ciego, quería atenderse con un prestigioso oculista local. “En esa época, Europa era más barata que Buenos Aires y la plata argentina significaba algo. Pero éramos tan ignorantes de la historia que no teníamos la menor idea de que en agosto estallaría la Primera Guerra Mundial”, escribió Borges en su autobiografía.
Llegaron una noche de lluvia. Primero al hotel Richmond, luego alquilaron un departamento en el número 17 de la Rue Malagnou. El guía se para frente al número 9 de la calle Ferdinand Hodler y dice: “Acá es”. Le cambiaron el nombre a un par de cuadras y se modificó la numeración.
Aparece el colegio Jean Calvin. Vaccaro muestra las calificaciones del alumno: regulares al principio, mejores al final. Figura como año de nacimiento 1900, cuando Borges nació en 1899. “No creo que sea un error”, dice el guía. Quizás quisieron que entrara a una clase inferior porque el joven argentino llegaba sin saber el idioma.
En Buenos Aires, Borges no la había pasado bien en la escuela. “Vivían en Palermo, que no era un barrio bien ni de moda como ahora, y su familia era una familia bien venida a menos”. Borges vestía con tiradores, de manera diferente a sus compañeros. “Hoy diríamos que era víctima de bullying”. Por eso, lo sacaron de la escuela. En Ginebra las cosas fueron diferentes. Al final del primer año, a Borges le faltaba nota en francés, pero los compañeros fueron a hablar con el director para explicarle que había tenido que estudiar las materias y el idioma. Pasó y le fue bien.
Un atardecer traumático: Liyo relata el cuento “El otro”, donde Borges se encuentra consigo mismo a los 70 y a los 19 años. El Borges viejo le dice al joven: “En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros, y detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balcánicos. No he olvidado un atardecer en un primer piso de la plaza Du Bourg”. La plaza se llama Du Bourg de Four. Según Estela Canto en “Borges a contraluz”, durante la adolescencia de Borges, su padre le consiguió una cita con una prostituta. El encuentro fue un fracaso.
La próxima parada es la catedral de San Pedro de Ginebra. “Murió el 14 de junio y lo enterraron 4 días después. Ese día, antes del entierro, le hicieron una ceremonia en la catedral de cuerpo presente, con un pastor protestante y un sacerdote católico. Borges había manifestado que era agnóstico, pero no había perdido su interés por las religiones”. Liyo lee el poema “Cristo en la cruz”, escrito en 1984.
Sobre la Rouelle Du Sautier, una placa anuncia que ahí vivió Borges. No es mentira, pero no es verdad: Borges estuvo a unos metros, en el número 28 de la Grand Rue, solo tres días. “Borges estaba muy deteriorado. Uno de los temores que tenía era morir en el hotel o en el hospital. Le pidió a Maria Kodama que le buscara un lugar en la Ciudad Vieja para pasar sus últimos días”. Las editoriales le alquilaron un departamento. Allí murió.
Llegamos a la puerta del cementerio, que está cerrado. La lápida fue diseñada por María Kodama y ejecutada por el escultor Eduardo Longato, con una piedra grisácea de una cantera de Córdoba. En el anverso, un medallón con siete figuras humanas armadas y la inscripción “AND NE FORTHEDON NA”, del inglés antiguo, que se traduce “no tengan miedo”. En el reverso, una nave vikinga y una cita de la saga Völsunga: “Puso su espada Gram desenvainada entre ellos”.
