El presidente Javier Milei, con pasado como docente universitario, enfrenta a la comunidad educativa en una disputa que va más allá del presupuesto. Analizamos las raíces de esta tensión.
Javier Milei no es un outsider del mundo académico. Fue profesor universitario, dio clases y transitó aulas, exámenes, seminarios y pasillos. Quizás ahí radique una de las claves más inquietantes del conflicto con la comunidad universitaria que ayer se movilizó masivamente: Milei no intenta destruir algo que desconoce, sino algo que conoce muy bien, desde adentro, y que probablemente deteste, porque representa un modelo de sociedad opuesto al que él desea.
La sociedad ideal anarco-capitalista parece ser aquella donde cada individuo compite solo contra todos, sin redes de contención, sin solidaridad y sin instituciones que amortigüen desigualdades. Una sociedad donde el éxito legitima cualquier desigualdad y donde el que queda atrás no merece ayuda, sino desprecio.
Construir consenso en torno a las ideas de Milei es difícil, ya que las universidades públicas siguen siendo una de las instituciones con mayor nivel de confianza social en la Argentina, superando el 70% de imagen positiva según distintos estudios. Cerca de dos millones de estudiantes cursan en universidades estatales, que concentran alrededor del 80% de toda la matrícula de educación superior del país. Para amplios sectores, el ajuste pone en riesgo uno de los pilares históricos de movilidad social y acceso igualitario a la educación en la Argentina.
La difícil situación que se vive en las universidades resalta justamente el carácter profundamente vocacional de la tarea docente. Miles de voluntades que mantienen en pie la universidad pública por la convicción de desarrollar conocimiento, formar personas y ampliar oportunidades más allá de la lógica del éxito individual a costa de los demás.
Veamos algunas anécdotas de Milei como docente. En enero de este año entrevistamos a Diego Giacomini, quien recordó una anécdota de la época en que Javier Milei era ayudante de cátedra suyo en la UBA. Según relató en una entrevista con Perfil, durante un parcial de la materia Dinero, Crédito y Bancos, Milei diseñó un examen tan complejo y rebuscado que los 80 alumnos terminaron desaprobando el examen: «Era un parcial hecho para divertirse él mismo, no para los estudiantes». Giacomini tuvo que modificar la metodología de evaluación y tomar recuperatorios para evitar que la cursada se desmoronara.
«Defienden sus cajas»: el mensaje de Javier Milei tras la marcha universitaria. No es difícil imaginar esa escena. De hecho, millones de argentinos ya la vieron durante años en televisión. El Milei que interrumpía paneles gritando “burro”, “ignorante” o “econochanta” a cualquiera que mencionara a Keynes, al Estado o cualquier mecanismo de regulación económica probablemente no era muy distinto del Milei docente. La diferencia es que antes el aula tenía treinta o cuarenta alumnos, y ahora tiene cámaras, micrófonos y un país entero mirando.
De hecho, vimos esta escena en 2018, cuando Javier Milei protagonizó un fuerte episodio de maltrato verbal durante una conferencia en el Colegio de Abogados de Metán, en Salta, donde había sido invitado por el entonces diputado Alfredo Olmedo para hablar sobre la crisis económica argentina. Tras su exposición, de tono académico, se abrió una ronda de preguntas y una periodista local, Teresita Frías, le consultó por qué las políticas keynesianas parecían haber funcionado en Estados Unidos durante el New Deal pero no en Argentina.
Paulo Freire afirmaba que enseñar exige amor, porque educar implica creer en la capacidad del otro para crecer y transformar su realidad. Para él, no podía existir una pedagogía verdaderamente liberadora basada en la humillación, el miedo o el autoritarismo. El diálogo pedagógico requería respeto, escucha y compromiso humano con el estudiante.
Rita Segato desarrolla el concepto de “pedagogía de la crueldad” para describir los mecanismos culturales, sociales y políticos mediante los cuales una sociedad se acostumbra a la violencia, la deshumanización y la indiferencia frente al sufrimiento ajeno. Según Segato, no se trata solamente de hechos violentos aislados, sino de un aprendizaje cotidiano que enseña a ver a las personas como objetos descartables.
El método de Milei, bajo esta óptica, sí nos está educando, pero de un modo distinto y hacia un fin completamente diferente al de una sociedad solidaria. El conflicto de Milei con la universidad pública excede el debate presupuestario. Lo que está en disputa a través del presupuesto universitario es qué tipo de vínculos sociales queremos desarrollar: si apostamos a vínculos basados en la cooperación y el pensamiento crítico, o a una sociedad atravesada por la competencia brutal donde el otro aparece siempre como un rival a destruir.
Milei no encarna únicamente un programa económico, sino también una forma de entender las relaciones humanas. Una lógica donde la empatía es vista como debilidad, el consenso como una claudicación y el diálogo respetuoso como una pérdida de tiempo.
Educar implica exactamente lo contrario: reconocer que nadie se construye solo, que aprender requiere paciencia y que una sociedad no puede sostenerse únicamente sobre ganadores y perdedores. Allí radica, quizás, la tensión más profunda entre Milei y la universidad.
Las causas profundas del conflicto de Milei con la educación lo trascienden; tienen que ver con el conocimiento y, finalmente, con su relación con el orden de la verdad. Eso homologa a la universidad con el periodismo.
La verdadera educación es un proceso político y social cuyo objetivo es transformar la realidad a través del pensamiento crítico y la reflexión. Hoy son los miles que se movilizaron en todo el país quienes defienden ese mismo derecho a cuestionar y preguntar. A tener una sociedad empática con el otro, mientras el Presidente desoye la ley y arremete contra el pensamiento crítico y el ámbito educativo.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
