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domingo, 10 mayo, 2026
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Los clásicos griegos y una vigencia incómoda hoy

A partir del 29 de abril, el Teatro San Martín presenta el estreno en Argentina de «La niña sobre un altar», de la dramaturga irlandesa Marina Carr, bajo la dirección de Oscar Barney Finn. La obra reescribe el mito de Ifigenia desde una perspectiva contemporánea.

A partir del 29 de abril, se verá en el Teatro San Martín el estreno en nuestro país de La niña sobre un altar, de la dramaturga irlandesa Marina Carr. Por iniciativa y labor del prestigioso director Oscar Barney Finn –cuyos orígenes también remiten a Irlanda– se realiza esta puesta en escena, interpretada por Paulo Brunetti, Analía Couceyro, Pablo Mariuzzi, Carlos Kaspar, Mercedes Fraile, Ligüen Pires y Lula Guttfleisch. El texto fue traducido por la argentina Cecilia Chiarandini, quien también lo había hecho con Mármol, otra pieza de Carr asimismo montada por Barney Finn en 2022. La triada de autora, traductora y director regresa ahora con La niña sobre un altar, reescritura sobre la figura de la griega Ifigenia, cuya madre es Clitemnestra, y su padre, Agamenón, sacrifica a su propia hija, a cambio de que los dioses lo favorezcan en la conquista de Troya. El mito, desarrollado en la tragedia Ifigenia en Áulide de Eurípides, aquí es cruzado por estéticas y temáticas contemporáneas, ancladas en aquella narrativa lejana.

—Oscar, ¿cómo llegás a este material y a esta puesta en escena?

—Hice mucho teatro en variados espacios, pero en el San Martín, solo Mucho ruido y pocas nueces. Luego, presenté muchos proyectos y este se concretó. Durante el Celtic Tiger, momento en que creció mucho la economía de Irlanda, se abrieron compuertas al crecimiento cultural, y en ese tiempo se expandió el trabajo de Marina Carr. Era una sociedad que comenzaba a desempolvarse, porque era muy cerrada, patriarcal y tradicionalista. Lo digo porque soy descendiente de irlandés y fui muchas veces a Irlanda a buscar signos y datos de mi identidad: por algo tengo la doble nacionalidad.

—¿Qué aparece del mundo griego en esta obra; se mantienen los nombres?

—Carr toma el mito y los traslada a una nueva obra, con las inquietudes de ella frente a la realidad de hoy. Ella no se cataloga como escritora feminista, pero yo sí creo que esta es una obra feminista. Carr considera que los primeros que empoderaron a la mujer en la ficción son los clásicos griegos: Hécuba, Clitemnestra, Medea han sido portavoces, a pesar de estar en una sociedad que las sojuzgaba. En esta obra aparecen temas como la pareja, el menosprecio de los hijos, la guerra. Son temas que tienen ecos muy directos hoy. Carr elimina el clásico coro griego, y deja que la historia la cuenten los personajes, entre quienes hay una vibración muy pasional, humana. No son lineales. Las obras tienen que proponer miradas, discusiones, acuerdos, desacuerdos. Las unanimidades me son sospechosas. Con respecto a los personajes, están Agamenón, Clitemnestra, Casandra, Egisto, el padre y la criada de Clitemnestra, pero no usamos ropajes griegos. Tampoco es que voy a poner a los personajes de jeans: hoy se ha empobrecido el escenario y parecería que todo se soluciona con usar jeans o meter un monólogo.

—¿Cómo te sentís trabajando a los 87 años? ¿Tenés muchos proyectos? ¿Te alcanza el tiempo para todo lo que querés hacer?

—Me falta tiempo. Me siento vital. Pero si algo me saca energía es la cotidianeidad del mundo, que nos apabulla el día a día. Eso me hace frenar algún instante, pero no está en mí una cosa de quietismo. El esfuerzo que hay que hacer por seguir creando es todavía mayor. Veo cada vez más preconceptos, no solo por cuestiones ideológicas, sino por divisiones desde lo etario: si sos joven, podés estar abierto para todo; si sos una persona grande como yo, se la mira con cierto recelo o diciendo: “Quédate calmo de una vez”. Haciendo lo que estoy haciendo, sigo compitiendo y, si por casualidad te va bien y ganás, el esfuerzo es todavía mayor.

A lo largo de su trayectoria, Oscar Barney Finn coincidió con grandes artistas de la Argentina y del mundo. Aquí, algunos de sus recuerdos: “Un referente importante para mí fue [Leopoldo] Torre Nilson. Después tuve posibilidad de estar también con otros directores como [Mario] Soffici, [Daniel] Tinayre, [Lucas] Demare. Son pilares del cine argentino. Hice mucho tiempo cine club. Me metía con el realismo francés o con los italianos de la línea neorrealista. Con [Michelangelo] Antonioni, yo quería integrar el equipo de su nueva película El desierto rojo y él me concedió una entrevista en un café en Roma, en Piazza del Popolo. Yo no podía creer que yo, teniendo 20 años y siendo nadie, ese director, que era el más importante de ese momento (el 62, 63), ¡me dedicara hora y media! Lo que me señaló en ese momento no me gustó, pero me guio en toda mi vida y pude agradecérselo cuando lo fui a saludar a un festival a Brasil en 1996. Pude darle las gracias, porque me había dado pautas e ideas, que, sin darme cuenta, las incorporé. El cine, que es el principal y primer objetivo de mi vida, tiene que ver con estos directores”. Y sobre el mundo del teatro, agrega: “Yo conocí a Beckett. Había sido aceptado como oyente de una obra del director francés Jean-Marie Serrault, para ver el proceso sobre Play, obra de Samuel Beckett. Al segundo día de ensayos, llegó el propio Beckett”.

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