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lunes, 4 mayo, 2026
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La política barrabrava exige resultados concretos

La velocidad de los acontecimientos en Argentina permite olvidar situaciones significativas. Javier Milei explota esa dinámica, pero el abuso deja huellas que afectan al Gobierno, más allá de los problemas económicos y la creciente desigualdad.

La velocidad con la que se producen y reproducen acontecimientos en la Argentina permite pasar por alto situaciones significativas y, sobre todo, olvidarlas o darlas por superadas demasiado rápido. Javier Milei y su gestión comprenden como pocos esa dinámica de la era de la instantaneidad y la simultaneidad, y la explotan al máximo. La contraindicación, como siempre, está en el abuso de esa receta. La acumulación deja huellas que, salvo que se produzcan mejoras estructurales, terminan restando relevancia a las formas y convirtiéndolas en problemas de fondo. Eso es lo que está afectando al Gobierno, además de los problemas reales y los resultados concretos del programa económico, que genera una Argentina cada vez más heterogénea y desigual, con perspectivas de profundizarse en la disparidad.

Lo sucedido el miércoles pasado en la Cámara de Diputados durante el informe de gestión del jefe de gabinete, Manuel Adorni, es un buen ejemplo que podría entrar en el sobrecargado estante de las lesiones autoinfligidas con secuelas de largo alcance, y merece volver a mirar algunas escenas. En primer lugar, el Presidente no solo expuso su imagen (en baja en la mayoría de las encuestas) en defensa de un funcionario bajo sospecha, que no terminó de aclarar ninguno de los interrogantes que dominan la agenda pública desde hace más de un mes sobre sus gastos suntuarios y su incremento patrimonial concretados durante los dos primeros años de gestión. Milei hizo más que eso. Después de prometer la moral como política de Estado en ese mismo recinto hace apenas dos meses, la semana pasada oficializó la política barrabrava como metodología de conducción del Estado.

La llegada y la permanencia del Presidente en el Congreso, acompañado de su séquito de ministros, y los airados agravios con gestos agresivos, incluidos, que le dedicó a los adversarios y a los periodistas presentes que intentaron interrogarlo, lo asemejó demasiado a las escenas protagonizadas por los jefes de las hinchadas de fútbol. Nada más parecido resultó un por momentos desencajado primer mandatario a los líderes de las barras bravas cuando llegan a la cancha secundados por sus aduladores coroneles o cuando se instalan sobre el paraavalanchas en el centro de la tribuna para hostigar a los rivales y alentar a los propios, hasta cuando se equivocan. Las palabras en reconocimiento a la división de poderes y de respeto a las investigaciones judiciales, que expresó enfáticamente Adorni en su autodefensa y para no ofrecer ninguna prueba sobre el origen del dinero con el que solventó sus gastos, quedaron, así, ensombrecidas y desmentidas en la práctica.

La presencia dominante e intimidante del jefe del Poder Ejecutivo, rodeado de sus fanáticos ubicados en las barras y en las bancas, con sus ataques hacia los diputados de la oposición en la sede del Poder Legislativo fue una anomalía, aún en tiempos de incorrección política extrema, que subrayó el momento irascible del Presidente, así como el aislamiento y la intolerancia dominantes en el oficialismo. “Aunque hay certeza de que la economía va a mostrar mejoras y ya está habiendo indicios de eso, la inflación sostenida por encima del 2% desde hace 10 meses, más la caída de la actividad y el malestar social creciente, sumado a las peleas internas y las acusaciones por supuesta corrupción han generado un cambio en la dinámica del Gobierno y en el ánimo presidencial, que es imposible de ocultar. Adentro todo es mucho más tenso y más cerrado. Sobra la desconfianza y el miedo. Si nunca hubo mucho espacio para disenso, hoy no hay ni un resquicio para disentir. Yo prefiero callar antes que exponerme como alguna vez lo hice”, revela un destacado integrante del oficialismo.

El funcionario es uno, no el único, de los que ha reducido sus contactos externos, cuida las palabras como si fueran criptoactivos y solo habla con interlocutores que podrían ser observados por los hermanos Milei (como los periodistas no militantes) en absoluta reserva y, obviamente, cuando no está en dependencias públicas. No es de extrañar. En las redes sociales y en las reuniones de gabinete, el sijavierismo y el sikarinismo compiten con la adulación al líder, sin temor al exceso ni al ridículo, aún de parte de algunos funcionarios y dirigentes con trayectoria y prestigio previo. Ese contexto explica tanto las actitudes presidenciales como las características de la presentación de Adorni en el Congreso. Descalificar a los contradictores y críticos, no dar mayores explicaciones, machacar con los pronósticos optimistas, insistir con la prédica dogmática, blindarse ante los cuestionamientos y forzar indicadores y cifras para que muestren rasgos positivos es lo que manda, hasta que lleguen mejores vientos. La utilización de cuadros con cifras de una consultora privada por parte de Milei en su larga exposición en la cena de la Fundación Libertad y no de indicadores oficiales fue observada por varios economistas como un ejemplo del recorte narrativo y del uso de las mediciones en beneficio propio.

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