La sala de teatro independiente de barrio Alta Córdoba cumple 30 años de actividad ininterrumpida, sostenida por una gestión cooperativa y una comunidad artística que resiste a los vaivenes económicos y políticos.
Treinta años no son solo una cifra conmemorativa, sino una experiencia del tiempo compartido que atraviesa crisis económicas, cambios tecnológicos y un clima político hostil. Para Rodrigo Cuesta, referente de El Cuenco Teatro, la efeméride es una “práctica situada”. La sala de barrio Alta Córdoba no es solo un espacio físico o un grupo productor, sino un dispositivo donde la gestión y la vida se entrelazan. “Un cuenco es un recipiente que no se impone; se ofrece. Tiene una forma abierta hacia arriba, como una concavidad que espera ser llenada”, definió Cuesta en su ponencia por este cumpleaños.
Bajo esta premisa, mantener vivo un espacio independiente durante tres décadas se traduce en el verbo sostener. Un ejercicio que implica pagar la luz, arreglar goteras o completar formularios de subsidios. “Sostener un espacio no es solamente estrenar una obra brillante. También es limpiar la sala luego de una función o mudarse después de 12 años y empezar de cero”, afirma Cuesta. La resistencia cultural se manifiesta como una “insistencia mínima, silenciosa y calladita”.
Para los integrantes de El Cuenco, la división entre gestión y creación es inexistente. Ana Ruiz destaca que desde 1997, al constituirse como Asociación Civil, asumieron una ética del hacer compartido: “Hay una comisión directiva, sí, pero no hay roles fijos e inamovibles. La gestión es parte del trabajo artístico”. Belén Pistone, quien se incorporó años después, refuerza esta identidad: “Siempre es una cultura organizacional cooperativa. Todo lo que emprendemos es colectivo”. Rodrigo Brunelli, de la “última camada” (2014), relata: “Llegué por una producción de cuarto año de la facultad. A los tres meses ya hacía reemplazo de sonido, luego boletería y me quedé”.
A lo largo de su historia, El Cuenco ha construido una cartografía estética que mutó de los clásicos de los ’90 a dramaturgias propias con sellos cinematográficos. “No hay una fórmula repetida, lo que hay es una constante por profundizar en la forma de contar”, explica Cuesta. Obras como “El tamaño del miedo” y “Por capricho” (que vuelve en septiembre) son dos de las piezas más icónicas. Para el aniversario, repondrán “Por Capricho”, que Ruiz describe como “un tajo, una ruptura”. La pieza contará con el reemplazo de Eva Bianco, asumiendo el rol de la fallecida Mariel Bof, en un gesto que Pistone define como “una presencia en la ausencia”.
La celebración se da en un contexto de retracción estatal. Pistone advierte sobre el peligro de perder la autarquía de la Ley Nacional de Teatro: “El problema más grave hoy es que nos pegan en el corazón del paradigma porque se deja el aporte del INT a la discrecionalidad”. Ruiz es tajante: “La palabra ‘subsidio’ está bastardeada, como si fuera algo que se dona sin trabajo de por medio. Hoy no hay interlocutor ni discusión de un proyecto educativo o cultural; es la ausencia total”. Pese a la precariedad y a lo que Cuesta describe como “un Gobierno nacional cruel, dispuesto a vaciarlo todo”, la decisión de permanecer sigue intacta. “El Cuenco no permaneció idéntico a sí mismo, nunca. Mutó, perdió, ganó y se agrietó”, concluye.
