El evento deportivo, a realizarse en Estados Unidos, México y Canadá, se verá influenciado por las relaciones políticas entre los países anfitriones y algunas naciones participantes, así como por desafíos en la emisión de visas.
A medida que se acerca el inicio de la Copa del Mundo 2026, organizada conjuntamente por Estados Unidos, México y Canadá, el escenario diplomático y logístico adquiere relevancia junto a lo estrictamente deportivo. El torneo reunirá a selecciones cuyos países mantienen relaciones complejas con la nación anfitriona principal.
Uno de los casos que genera atención es el de Irán, integrante del Grupo G. La participación del equipo persa se confirmó en un contexto de tensión bilateral con Estados Unidos, tras incidentes militares recientes y un alto al fuego temporal. Este clima podría impactar en los protocolos de seguridad durante el desarrollo del partido.
Las relaciones entre los propios organizadores también presentan matices. La administración estadounidense mantiene un vínculo con México marcado por discusiones en materia de seguridad fronteriza y comercio. En febrero del año pasado, Estados Unidos impuso aranceles del 25% a las importaciones de sus socios, medida que afectó las economías de México y Canadá.
Otro participante, Sudáfrica, que jugará el partido inaugural ante México, ha tenido desacuerdos diplomáticos con Estados Unidos, incluyendo acusaciones públicas y un boicot a una cumbre reciente.
Finalmente, un desafío logístico significativo radica en las restricciones de viaje. Según las normativas actuales, ciudadanos de 39 países tienen prohibido ingresar a Estados Unidos. Entre los clasificados al Mundial, aficionados de Haití, Irán, Costa de Marfil y Senegal podrían enfrentar dificultades para obtener visas y así alentar a sus selecciones en el territorio estadounidense.
