25.4 C
Buenos Aires
viernes, 3 abril, 2026
InicioSociedadLa política detrás de nombrar especies animales y vegetales

La política detrás de nombrar especies animales y vegetales

En el mundo de la ciencia, el descubrimiento de una nueva especie culmina con un acto de bautismo. Quien la identifica tiene el privilegio, y la responsabilidad, de elegir su nombre científico. Sin embargo, este proceso aparentemente técnico está lejos de ser inocuo. El ensayista Christian Ferrer explora esta frontera entre ciencia, cultura y política en su libro ‘No en mi nombre. Taxonomía y política’, donde argumenta que las denominaciones biológicas son un termómetro de las tensiones ideológicas de cada época.

Un privilegio con consecuencias

El Código Internacional de Nomenclatura otorga al descubridor la libertad casi total para nombrar. El resultado es un catálogo que mezcla homenajes loables con otros profundamente cuestionables. Así, conviven en la literatura científica una bacteria llamada Salmonella enterica serovar shakespeare, una mosca con el nombre de Franz Kafka (Kafka spp.) y avispas que llevan el de presidentes estadounidenses.

Pero el registro también incluye referencias oscuras. Un escarabajo de cuevas eslovenas descubierto en 1933 fue bautizado Anophthalmus hitleri. Una polilla con escamas doradas en la cabeza, nativa de California y México, recibió el nombre de Neopalpa donaldtrumpi. Incluso una planta suculenta, venenosa para niños y mascotas, homenajea al dictador portugués António de Oliveira Salazar (Kalanchoe salazari). Ferrer se pregunta sobre la pertinencia de estos nombres en «épocas libertarias» y cuestiona la lógica que los habilita.

La batalla cultural en la nomenclatura

Para el autor, estos actos de nominación son la expresión de las llamadas «batallas culturales», pero llevadas a un terreno aparentemente aséptico. Ferrer sostiene que, lejos de ser debates de altura, a menudo se asemejan a un «negocio» donde las contrapartes «se disparan con pistolas de agua». La elección de un nombre puede ser un acto de admiración, una provocación, una declaración política o una simple moda pasajera.

«El arte de apodar ha empeorado mucho», afirma el ensayista, señalando que han cedido los parámetros de seriedad que alguna vez primaron. Hoy, las «manías por figuras circunstanciales» y las modas del momento influyen en decisiones que, por regla científica, son irrevocables. El lema «una vez puesto, nunca más depuesto» rige en la taxonomía, sellando en la literatura científica lo que Ferrer llama «seguras erratas» que la ciencia rendirá a la eternidad.

Un acto sin arrepentimiento

La normativa internacional no admite alegatos ni cambios por arrepentimiento tardío. Un nombre publicado es definitivo, sin importar cuán caprichoso, ofensivo o políticamente cargado pueda resultar con el paso del tiempo. Esto convierte a cada denominación en una cápsula del tiempo, un reflejo congelado del contexto cultural y las preferencias (o provocaciones) de un investigador en un momento histórico específico.

Ferrer advierte sobre los riesgos cuando la política y el nacionalismo se entrometen en este proceso, pudiendo transformar cada «bicharraco patriótico» en un elemento de fragmentación. Con ese criterio, señala, el planeta dejaría de ser redondo para convertirse en un «cuadriforme mostrador geopolítico». Su ensayo invita a reflexionar sobre la narrativa dominante en la ciencia y a cuestionar la supuesta neutralidad de un gesto fundacional: ponerle nombre al mundo natural.

Más noticias
Noticias Relacionadas