La discusión entre economistas ya no gira en torno a si la economía argentina crecerá en 2026, sino cuánto y cómo lo hará. Las proyecciones más conservadoras ubican la expansión entre 2,5% y 3%, mientras que los escenarios optimistas hablan de un rebote cercano al 5%, apalancado en la estabilización macro y la baja de la inflación. Sin embargo, el consenso es otro: el crecimiento será desigual y con una marcada forma de “K”.
La experiencia reciente funciona como advertencia. En 2025, la economía crecerá cerca de 4,5%, pero con caída del empleo formal y salarios que apenas empataron a la inflación. El resultado fue una mejora macro que no terminó de llegar a los bolsillos. Sectores ligados al consumo masivo y a las clases media y media alta sintieron el impacto: menos ventas, menos clientes y márgenes cada vez más ajustados.
Valdés reclama una deuda de $142.000 millones a Nación: «Es dinero de los correntinos y lo necesitamos»
Apoyo político y expectativas sociales
A pesar de ese cuadro, el respaldo electoral a Javier Milei en octubre fue contundente. La baja de la inflación, la estabilidad cambiaria y el alineamiento internacional del Gobierno explican buena parte del resultado. Pero las expectativas sociales siguen siendo frágiles.
Un informe reciente mostró que el 82% de la población modificó sus hábitos de consumo. Casi la mitad afirma que llega a fin de año peor que el anterior, y 7 de cada 10 no planean vacaciones por falta de dinero. Aun así, cerca de la mitad mantiene expectativas de mejora económica, una señal clave para el clima de 2026.
La principal característica del próximo año será un crecimiento heterogéneo. La economía avanzará en forma de “K”: algunos sectores crecerán con fuerza, mientras otros seguirán estancados o en retroceso.
En el lado ganador aparecen los de siempre: agro, minería y energía. Serán los grandes generadores de divisas y concentrarán buena parte de la inversión, con proyectos ligados a Vaca Muerta y la minería. El límite es conocido: son actividades de bajo impacto en el empleo.
Del otro lado, la industria manufacturera seguirá bajo presión. La apertura comercial, la caída de márgenes y los costos rígidos empujan a muchas empresas a profundizar modelos mixtos, con más importaciones y menos producción local. Sectores como el textil aparecen entre los más comprometidos.
Arroyo sobre la disolución de la ANDIS: «Es un retroceso grave y desoye años de lucha»
Consumo débil y crédito lento
El consumo masivo tampoco muestra señales claras de recuperación. Los ingresos familiares siguen ajustados y la mejora del crédito será gradual. Los bancos aún enfrentan una liquidez estrecha, luego del proceso de dolarización previo a las elecciones y del aumento de la morosidad.
En este contexto, la recuperación del mercado interno dependerá más del tiempo que de un shock inmediato. El contraste con los sectores exportadores será uno de los rasgos más visibles del año.
La gran debilidad: las reservas
El punto más frágil del modelo sigue siendo la escasez de reservas. Por eso, Luis “Toto” Caputo lanzó un programa para acumular al menos USD 10.000 millones en 2026. El ajuste de las bandas cambiarias fue un paso necesario, pero no suficiente.
La gran incógnita es el atesoramiento de dólares. Si la demanda privada ronda los USD 2.000 millones mensuales, las necesidades de financiamiento podrían superar los USD 50.000 millones, considerando la cuenta corriente y el objetivo de reservas.
Noviembre dejó una señal positiva: las compras para atesorar cayeron a USD 200 millones, lejos del pico de USD 4.600 millones de septiembre. Sin embargo, el verano suele ser desafiante: vacaciones, menos demanda de pesos y mayor presión cambiaria.
