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«Queremos una escuela que pueda contenerlos»

Melina Gigli viaja 50 kilómetros desde la ciudad en la que vive para llegar cada día a la escuela Carlos Fuentealba, en el barrio Santa Lucia, en el extremo oeste en Rosario. Una institución de puertas abiertas donde conocen la historia de cada pibe, sus dificultades cotidianas, y donde los reciben cuando pasan a saludar, aún cuando no puedan seguir yendo a clases. Durante el fin de semana largo de carnaval, vio el video de Ezequiel Curaba, el pibe de 21 años que murió el fin de semana pasado tras sufrir quemaduras en el 90 por ciento de su cuerpo cuando intentaba robar cables. No lo reconoció enseguida, pero notó los ojos de un chico asustado. Después supo que era él, Eze, su alumno de primero y segundo, que había dejado la secundaria en pandemia. Y decidió hacer un posteo en Facebook. No quería que lo recuerden así, quería dejar otra imagen en el espacio público. Y escribió. Con ternura y dolor. Su texto se viralizó, recibió más de 15 mil mensajes, algunos hermosos pero también hubo otros. «Algunos fueron muy violentos. A mi edad, yo tengo 47 años, no me cambian lo que vaya a hacer. Lo voy a seguir haciendo, pero me parece que esta sociedad tiene que comprender que un niño o un adolescente no puede ser juzgado por una carencia o por una falencia, o por no tener las mismas posibilidades que otros, porque es muy cómodo llegar a casa y comer y no tener frío o no tener calor, o ponerse unas zapatillas«, dice Melina sobre el origen de ese mensaje y sobre su tarea cotidiana como profesora de literatura.

«Es muy fácil decir ‘uno menos’, que es un argumento muy pequeño, pero empecemos a mirar con un poco más de amor, porque no vamos a solucionar nada insultándonos en redes sociales. Necesitamos políticas públicas y que la escuela pública sea sostenida», sigue la docente.

Ella escribió: «Él era Eze, mi alumno. Nuestro alumno./ Él era muy dulce y andaba con un carro./ Tuvimos muchas mañanas de mates y risas. Se medía en todo, pero siempre sonreía./ Los últimos tiempos han sido difíciles para nuestros pibes, él tiraba de su carro. Andaba cirujeando./ Le gustaban los cuentos, pero no leer. Era bueno. Tiraba de su carro./ Leyendo comentarios en notas de diarios, veo que festejan su muerte tan dura y cruel. Él tiraba de su carro./ Quizás, la posibilidad de unos pesos más para el morfi… No lo sé. Era tan dulce y siempre sonreía./ Yo no quiero que lo recuerden así./ Estamos en deuda. Qué crueldad. Él tiraba de su carro, andaba cirujeando./ El hambre no espera./ Era tan dulce, tiraba de su carro./ Y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra./ Cuánto dolor». 

«Al ver ese video tan cruel, que todavía sigue circulando en redes, y los comentarios que se ponían… Eso me hizo sentir que tenía que escribir algo, que en realidad no es un texto formal, yo soy profesora de literatura, sino quería ser poema para recordarlo y poner su cara», cuenta Melina sobre un video filmado por vecinos del barrio que insultaban a Ezequiel, lleno de tierra, quemado y tambaleante. 

«Para mí era mi alumno, era un pibe mío, de la escuela Carlos Fuentealba del barrio Santa Lucía. Nuestro contexto es muy vulnerable, tenemos un equipo de compañeros y compañeras y una directora, que es Valeria Ríos, que tiene un objetivo claro de lo que es la escuela pública, lo que significa en un barrio y lo que significa la contención y querer tener los pibes adentro de la escuela», sigue Melina, quien subraya que «Rosario está atravesando por una situación muy difícil hace bastante tiempo y la realidad es que cuando los chicos no están adentro de la escuela, andan cirujeando, o el narco los invita a reponer eso en lo que el Estado está en deuda. La falta de políticas públicas hace eso, también la falta de un trabajo digno para su familia. Los va empujando a sobrevivir de alguna otra manera». 

La vida cotidiana en la escuela va más allá de los textos de Roberto Fontanarrosa y Julio Cortázar que ella les ofrece, siempre teniendo en cuenta que en esa escuela, estudiantes y familias no tienen dinero para fotocopias ni para libros. Va más allá de la sorpresa cuando uno de los cursos se entusiasmó con La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca. Y la fija: nunca quieren hacer análisis sintáctico, ahí la profe tiene que ponerse firme. «Nosotros trabajamos con mucha literatura que llega de Nación o de provincia y vamos decidiendo los contenidos», cuenta Melina.

La escuela Carlos Fuentealba está casi en el confín de una ciudad que vive la violencia cada día en sus calles. En el barrio, quienes forman parte de las instituciones estatales se esfuerzan para encontrar algunas soluciones. «Valeria, que es la directora, intentó conformar un equipo que va desde la escuela secundaria y la primaria. El barrio es muy chico, hay un centro de salud, un centro comunitario, como en muchos otros barrios de Rosario y de muchas otras ciudades. Tratamos de trabajar con ese conjunto, un grupo humano maravilloso, y cuando se presenta alguna dificultad o algún conflicto, juntamos ese equipo y vemos en qué podemos colaborar. Y eso sucede habitualmente, te diría que muchas veces por semana», cuenta el cotidiano.

Son chicos y chicas, no «delincuentes», ni «sicarios», ni «víctimas de un ajuste de cuentas». «Es muy duro, porque cuando vos adentro de la escuela los conocés personalmente, sabés sus conflictos, sus situaciones, cuáles son las carencias, conocés a las familias… Nosotros queremos una escuela que pueda contenerlos», sigue. 

Ezequiel, por ejemplo, dejó la escuela. «La pandemia nos separó de nuestros alumnos y nuestras alumnas. En ese momento se dificultó para un montón de familias la continuidad pedagógica, pero igualmente, cuando regresamos y volvimos al colegio, muchos de los chicos que habían dejado o con los que habíamos perdido contacto, volvieron un poco. Somos una escuela de puertas abiertas, así que al pibe o la piba que no puede retomar, a veces uno los va a buscar. O les manda un mensaje. El barrio es tan chico… así que nos conectamos con la familia y a veces vienen 15 días y los otros 15 días no pueden. Tratamos de mantener ese acompañamiento pedagógico de alguna manera».

Lo que pasó con Ezequiel fue que dejó de ir a la escuela, y también comenzó a vivir en la calle. «El año pasado lo vimos un par de veces, en diciembre un compañero se lo encontró cirujeando, cartoneando en otra zona de Rosario. Pero cuando pasaba por la escuela, entraba a saludar. La escuela forma parte del barrio, forma parte de su familia. Una escuela de ese tipo es una referencia para el barrio», sigue la docente. 

La docencia tiene así otras implicancias. «Nosotros sabemos qué alumnos tenemos, qué alumnos están faltando. Nos preocupamos, nos concentramos en nuestra continuidad pedagógica. Este es el objetivo de la directora y del equipo docente», dice Melina, que también es facilitadora de la convivencia en la escuela. 

Sobre el estigma que acompaña a sus alumnos, dice que no podrían estigmatizar a nadie. «Lo importante es concentrarse en los pibes y las pibas, porque lo demás ya lo sabemos, hay una estigmatización de la pobreza, de la marginalidad y no queremos que nos atraviesen esos parámetros, porque no lo necesitamos. La fuerza la ponemos en otro lado, el corazón lo ponemos en otro lado, el cariño lo ponemos en otro lado y lo pedagógico funciona de esa manera». 

Lo primero que arrebata la marginalidad es el futuro. «Lo más difícil es para los pibes pensar en mañana. La pobreza no te deja pensar en mañana», sintetiza Melina. «Cuando a vos te corre la pobreza y la marginalidad y no sabés qué vas a comer en un rato, es muy difícil enseñar los verbos en futuro». 

Entonces, el objetivo es que aprendan y terminen la escuela. «Vamos tratando de llegar ahí y cuando terminan quinto, mostrarles que sí pueden seguir en una universidad pública y gratuita. En Rosario está en la Universidad Nacional de Rosario y entonces abrimos ese abanico, posibilidades y becas que se ofrecen, y vamos viendo si podemos ir acompañando un deseo. Hace un tiempo, había escrito algo yo sobre el deseo de la pobreza, que los pobres también desean. Tratamos de acompañar ese deseo y no que sea una utopía, sino un deseo que se pueda realizar. Invitarlos a entrar a la universidad, mostrales que existe otro mundo. Eso es un acompanamiento post escuela secundaria», relata. 

Eso hacen también docentes que tienen sus salarios congelados, que en la provincia de Santa Fe no recibieron todavía el aumento acordado en la paritaria para 2023, que no saben cuál será su salario este año. «Esto no lo hacemos en horario de trabajo. Mi teléfono está siempre prendido, sábado y domingo, después de clases, y así también el teléfono de la directora y de mis compañeros. Entonces, cuando escuchamos que los docentes tenemos tres meses de vacaciones, que no hacemos nada, o todos los mensajes violentos que recibí en 48 horas, sin que nadie me conozca… A veces digo qué poco conocen de los trabajadores y las trabajadoras de la educación de cualquier nivel». 

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