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El tiempo debe detenerse

Durante la primera mitad del siglo XX se produjo una avalancha de descubrimientos científicos que puso la semilla de la Tercera Revolución Industrial. La sociedad se entusiasmó con la transformación tecnológica, pero hubo algunos que se pusieron en alerta por los peligros que podían derivarse del desarrollo de la ciencia.

Entre esos alarmados estuvo Aldous Huxley, que escribió “El Mundo Feliz” una novela distópica en la que plantea una visión pesimista del futuro. Muestra una sociedad en la que la humanidad es feliz, no existen guerras ni pobreza, todos son desinhibidos, alegres, saludables y tecnológicamente avanzados. Al mismo tiempo, todo está controlado, el Estado reproduce los seres humanos que son necesarios, el sexo se ha separado de la reproducción, es solo una herramienta  para el placer.

Más tarde escribió dos novelas, “El tiempo debe detenerse”, y “Mono y esencia” en las que defendió los valores y sentimientos humanos que podían ser avasallados por la tecnología. Su temor fue el de que lleguemos a una sociedad cristalizada, en la que lograremos la felicidad permanente a costa de la libertad y los sentimientos.

En marzo de este año, cientos de empresarios como Elon Musk, Steve Wozniak (cofundador de Apple); presidentes de compañías tecnológicas; intelectuales como Yuval Noah Harari y cientos de académicos e investigadores especializados en inteligencia artificial firmaron una carta abierta poniendo en guardia acerca del peligro que trae la falta de regulación de la inteligencia artificial (IA). Muchos de los personajes más avanzados del momento se asustaron por las consecuencias que puede traer el desarrollo de esta herramienta tecnológica y dijeron, como Huxley, que el tiempo debe detenerse, al menos por un plazo.

En los 1930, empezó a desarrollarse la computadora, que nos ha permitido almacenar y procesar una cantidad de información sin precedentes, con la que todas las ciencias han experimentado un crecimiento que progresa a una velocidad exponencial.

La izquierda y el cambio

En 1938 Konrad Zuse presentó la Z1, la primera computadora que se programaba con una cinta perforada. En la práctica fue una calculadora con mil kilogramos de peso que podía efectuar sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, y era capaz de leer y guardar información en una memoria de 22 bits, de 64 palabras. Podía realizar una suma en cinco segundos y una multiplicación en diez.

Desde ese entonces, el poder de las computadoras se incrementó a una velocidad exponencial. Solo veinte años después, el MIT desarrolló el Block II, ordenador del Apolo 11, la nave que condujo a los primeros seres humanos a la Luna, un prodigio de la tecnología, que tenía dos mil bits de memoria RAM.

Se decía que era una tecnología que estaría siempre lejos del alcance de la gente común, pero Gordon E. Moore, elaboró la llamada “ley de Moore”, según la cual la capacidad de las computadoras se duplicaría cada dos años y su precio bajaría a la mitad. La vigencia de esa ley se ratifica cuando la mayoría de los seres humanos podemos llevar en nuestro bolsillo computadoras millones de veces más poderosas que las del Apolo 11.

El desarrollo de las computadoras continuó. Este año la IBM tiene funcionando su computadora Summit, cuya velocidad le permite realizar en un segundo, operaciones que demandarían billones de años de trabajo de un ser humano normal.

El desarrollo de los ordenadores y la aparición de internet hicieron posible un almacenamiento y procesamiento de datos sin precedentes, información que quedó al alcance de cualquiera. Google contiene más datos que los que tendríamos si reunimos todas las bibliotecas que han existido.

Las computadoras aceleraron el desarrollo de la ciencia. Todo el conocimiento que ha producido la humanidad se duplica a intervalos cada vez menores. Se puede decir que en los últimos diez años, todas las ciencias avanzaron más de lo que lo hicieron desde el origen de la especie.

Internet de las cosas, la impresión 3d de carne, vegetales y edificios, la realidad virtual, el metaverso, la robotización, son avances tecnológicos que han cambiado esta realidad. Pero en los últimos meses, concentró la atención de todos la difusión de la inteligencia artificial.

Shock o gradualismo

Esta es una disciplina y un conjunto de capacidades cognoscitivas e intelectuales que se expresan en sistemas informáticos o combinaciones de algoritmos, que crean máquinas que imitan la inteligencia humana para realizar tareas, y pueden mejorarse a sí mismas, conforme recopilan más información

La Unesco definió a la inteligencia artificial como un campo que implica la existencia de máquinas capaces de imitar habilidades de la inteligencia humana, incluidas la percepción, el aprendizaje, el razonamiento, la resolución de problemas, la interacción lingüística e incluso la producción de trabajos creativos.

En 2022 se lanzó ChatGPT, un chatbot capaz de escribir una redacción sobre Milton, con la misma facilidad que genera una receta de cocina.  La aplicación, que está al alcance de cualquier persona que quiera experimentar con ella, prendió las alarmas del mundo científico. En los siguientes meses, han aparecido decenas de aplicaciones semejantes.

Según Michio Kaku, catedrático de física teórica en la Universidad de la ciudad de Nueva York, y autor de libros como The God Equation: The Quest for a Theory of Everything y Quantum Supremacy: How the Quantum Computer Revolution Will Change Everything viviremos este año una transformación radical.

¿Qué pasaría si las computadoras utilizadas para desarrollar la IA fueran sustituidas por otras, capaces de hacer cálculos billones de veces más rápidos? ¿Y si las tareas que en los dispositivos actuales pueden tardar miles de años en realizarse, pudieran completarse en cuestión de segundos?

Michio Kaku cree que estamos a punto de dejar atrás la era digital para entrar en la era cuántica que traerá consigo cambios científicos y sociales inimaginables.

La computación tradicional usó los bits, la cuántica usa los qubits. Hasta ahora, el ordenador cuántico más avanzado del mundo, el Osprey de IBM, tiene 433 qubits. Tal vez no parece mucho, pero “el número de bits clásicos que serían necesarios para representar un estado en el procesador Osprey supera con creces el número total de átomos del universo conocido”.

La ambición de IBM en el ámbito de la computación cuántica intimida. Su itinerario nos anticipa que a finales de este año tendrá listo Condor, su chip cuántico de 1.121 qubits; en 2024 llegará Flamingo, con al menos 1.386 qubits; y en 2025, Kookaburra, con no menos de 4.158 qubits.

La computación cuántica transformará por completo la investigación en química, biología, física, y todas las ciencias, con repercusiones impredecibles. Será como meter un cohete en el coche de la ciencia. Nos permitirá extraer CO2 de la atmósfera y convertirlo en combustible, extraer nitrógeno del aire dando lugar a una nueva revolución verde, crear baterías supereficientes para almacenar energías renovables.

El fin de una era

Si queremos averiguar cómo funciona la fotosíntesis (todavía un misterio para la ciencia moderna), o cómo interactúa una proteína con otra en el cuerpo humano, podremos utilizar el “laboratorio virtual” de un ordenador cuántico para modelar la experiencia con precisión. El diseño de medicamentos para interrumpir procesos biológicos, como la proliferación de células cancerosas o el mal plegamiento de proteínas en la enfermedad de Alzheimer, podría ser mucho más fácil. Permitirá crear tratamientos radicalmente eficaces contra el cáncer, el Alzheimer y el Parkinson, entre otras muchas enfermedades. Kaku cree incluso que se desentrañará el enigma del envejecimiento para que podamos detenerlo: uno de los capítulos de su libro se titula simplemente “Inmortalidad“.

Todo esto será posible porque los ordenadores cuánticos pueden hacer cálculos mucho más rápidos que los digitales. Para ello usan qubits, el equivalente cuántico de los bits, los ceros y los unos que transmiten la información en un ordenador convencional. Mientras que los bits se almacenan como cargas eléctricas en transistores alojados en chips de silicio, los qubits se representan mediante propiedades de partículas, como el momento angular de un electrón.

El poder de los qubits se debe a que las leyes de la física clásica no se aplican en el mundo subatómico. Por esto pueden tomar cualquier valor entre cero y uno, y posibilitando un proceso llamado entrelazamiento cuántico.

Michio Kaku al igual que su padre, se crió en Palo Alto, California, la “zona cero” de la revolución tecnológica. Dice que si sus predicciones sobre la revolución cuántica son correctas, “Silicon Valley podría convertirse en un cinturón oxidado, como se convirtió el cinturón de la Segunda Revolución Industrial, un desguace de chips que nadie usa porque son demasiado primitivos”. Pero está también la posibilidad de que resucite nuevamente, convirtiéndose en un reluciente centro de computación cuántica, que aloje a los gigantes tecnológicos que se pelean por redistribuir su inmenso capital intelectual y financiero.

Kaku, un físico que dedicó la vida a la investigación científica dice que la realidad es cuántica y, que los ordenadores cuánticos pueden simularla mejor que los digitales.  “La Madre Naturaleza no computa digitalmente. Los ordenadores cuánticos deberían [ser capaces de] desentrañar los secretos de la vida, los secretos del universo, los secretos de la materia, porque el lenguaje de la naturaleza es el principio cuántico”.

¿Qué pasaría si las computadoras utilizadas para desarrollar IA fueran reemplazadas por otras capaces de hacer cálculos billones de veces más rápidos?

Para realizar cálculos, esos ordenadores no utilizarán transistores, sino partículas subatómicas, desatando una increíble capacidad de procesamiento.

La relación del progreso tecnológico con la vida y la política ha sido el tema central de esta columna desde hace más de una década. Cuando empieza el año 2024 la política de los países democráticos experimenta una revolución radical. También en esto necesitamos que el tiempo se detenga un momento para poder reflexionar.

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.

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