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Besos que marcaron la historia del arte

Hay besos de amor, pero también esos otros nunca deseados: los que ocultan el sabor amargo de la traición, la impunidad. En la semana de San Valentín, la Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes organizó una conferencia dedicada a “los besos más grandes y apasionados de la historia del arte”, a cargo de Mariano Gilmore y Luz Arriaga en el auditorio de la Asociación de Amigos del Museo, a sala llena, para repasar esta colección que incluye varias celebridades.

Si hay una escena que nos sumerge en la intimidad de dos amantes esa es El Beso de Auguste Rodin, que representaba en su origen el amor prohibido, encarnado por Paolo y Francesca, personajes de La Divina Comedia, poema de Dante Alighieri. Asesinados por el marido de ella que los sorprendió in fraganti, los enamorados fueron condenados a errar por los Infiernos. Este grupo, diseñado de forma temprana por Rodin, en el proceso creativo de La Puerta del Infierno se encuentra situado en la parte inferior de la hoja izquierda, frente a Ugolino, hasta 1886, fecha en la que el escultor decidió que esta representación del amor y la pasión estaba en contradicción con el tema de su gran proyecto.

«El Beso», de Auguste Rodin, imperdible en cualquier visita al Museo Nacional de Bellas ArtesMNBA

Hizo entonces una obra autónoma que mostró a partir de 1887. Como ningún detalle anecdótico hacía recordar la identidad de ambos amantes, el público lo bautizó El Beso. Rodin regaló en 1908 al Museo Nacional de Bellas Artes una copia en yeso de su emblemática obra. Se destaca la fuerza de la escultura y, al tiempo, su gran delicadeza.

En la deslumbrante escultura hay dos texturas diferenciadas: por un lado los amantes, pulidos, y por otro la roca sobre la que descansan, con todas las rugosidades, como si fuera un material virgen. La potencia de esta pieza –en la que el espectador tiene la sensación de interrumpir un momento privado— radica en su lenguaje universal. Un dato le da singularidad: es la mujer la que abraza al hombre, iniciando el encuentro amoroso, algo poco común en las representaciones de época. Rodin no representó los personajes en escala humana, sino que buscó dar mayor teatralidad al encuentro.

«El beso» es probablemente la pintura más emblemática de Gustav Klimt, por la que se lo identifica; es muy moderna, pero recupera técnicas antiguas

Otro beso emblemático es el que inmortalizó con su pintura Gustav Klimt. El artista realiza la fusión completa entre el universo femenino y masculino. Si bien, a través de pequeños detalles visuales –él tiene en su vestimenta formas geométricas, más monocromas; ella más orgánicas, con colores, ligadas a las flores— se representan los contrastes existentes entre esos dos mundos, gracias al poder del amor, los dos amantes logran compenetrarse en una sola figura.

Con laminillas de oro y también con influencia de la estética japonesa, el artista construye una escena arquetípica del amor: dos seres que se funden, envueltos en el halo de su propio universo. La clave de la composición está en el desequilibrio que produce la cabeza de la mujer, de costado. Ella, además, tiene los pies a pasos de una especie de abismo. ¿Está cayendo? ¿La escena puede aludir a una despedida?

“Ella está con las rodillas flexionadas. Lo primero que a uno le viene simbólicamente a la cabeza es que está rendida a sus pies porque está como arrodillada. No se sabe quién es la mujer, pero sí se sabe que es una imagen muy pregnante, de un ritmo onírico, están envueltos en el mundo de ellos, algo muy característico del universo de Klimt y el simbolismo de la época”, señala Gilmore.

«El cerrojo» de Jean-Honoré Fragonard está en el Museo del Louvre

El cerrojo es una escena galante pintada por Jean-Honoré Fragonard, uno de los máximos representantes del rococó francés, que plasma el momento previo a un beso. La pintura fue realizada en 1777 y se encuentra en el Louvre. Se trata de una de las obras más célebres del pintor, verdadera referencia de la pintura del siglo XVIII. La pintura fue encargada por un miembro de la nobleza francesa para sus aposentos privados, de esta manera, explica Gilmore, “podía apreciar una escena más subida de tono de una manera más privada”.

En un ambiente de intimidad, el hombre pone el cerrojo a la puerta, mientras la mujer lo empuja hacia atrás pero, al tiempo, se mantiene abrazada a él. La escena provoca una serie de inquietudes: ¿por qué el hombre quiere colocar el cerrojo a la puerta? ¿Por qué ella se aferra a él de ese modo como si quisiera evitarlo?, ¿qué ocurrió antes entre ellos?, ¿y qué podría pasar después?

No faltan los besos de traición, como el Beso de Judas (también conocido como el Beso de la traición) de Giotto. La escena –cuyo fondo está hecho con el costosísimo azul lapislázuli— narra el momento exacto en que, en medio de una multitud con espadas y antorchas, Judas identifica a Jesús dándole un beso para que luego lo arresten. En una imagen en la que destaca la tridimensionalidad, se ve a Jesús petrificado mientras Judas los envuelve con su manto para darle el beso de la muerte.

De Michelangelo Merisi da Caravaggio, «El beso de Judas» (1602), obra de la Galería Nacional de Irlanda

En 1602, Caravaggio desató una versión inolvidable del beso de Judas. En la Galería Nacional de Irlanda, en Dublín, siete figuras conforman la escena del Prendimiento. Jesús aparece resignado, con sus manos entrelazadas. En el caos de la escena que parece un bullir de acciones, Judas Iscariote traiciona a Jesús con el famoso beso. Jesús parece ser el único que no se mueve. En una metáfora de la espiritualidad mancillada por la violencia y la brutalidad, apenado por la traición, baja la mirada con sus manos en actitud de oración, sin oponer resistencia. Esta pintura se dio por desaparecida durante siglos, pero en los años 90 apareció en una residencia de los jesuitas de Dublín y fue identificada y certificada como una auténtica obra del maestro italiano.

Dos policías besándose son los protagonistas de Kissing coppers del famoso Banksy. El grafiti se encuentra en uno de los lados del pub Prince Albert, en Trafalgar Street, cerca del centro de Brighton (la ciudad más gay friendly del Reino Unido, dicen) y está considerado uno de los más importantes del artista anónimo. Un dato ilustra su relevancia: fue seleccionada como la obra de arte británica más emblemática en The OtherArt Fair de Londres.

«Dos mujeres y un ángel», obra de Norah Borges (1959)

Un clima amoroso y silencioso inunda Dos mujeres y un ángel de Norah Borges. En esta pintura tres figuras absortas conviven sin cruzar miradas pero envueltas en un clima amoroso, de intimidad. “En mis cuadros, he pintado jovencitos silenciosos que viven esperando el amo. Y el amor no les llega en mis cuadros, pero ellos lo están esperando. Eso pinto”, dijo Norah Borges. En su obra, integrada por dibujos, xilografías, temperas, acuarelas y acrílicos, puede encontrarse un arte de la nostalgia: fantasías de la infancia donde conviven niños ingenuos, ángeles y sirenas, patios antiguos, casas y jardines, y recuerdos de adolescencia. Besos que atesoramos.

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