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Freddie Mercury, a 30 años de su muerte: de aquí a la eternidad, cinco momentos clave en la vida del artista

Tres décadas atrás, casi sin respiro y en la misma semana, el mundo se enteraba que Freddie Mercury, cantante de Queen, era VIH positivo, estaba agonizando y acababa de morir.

El shock y el pudor por las consecuencias de una enfermedad que avanzaba sobre las personas más allá de la estupidez moralizante se precipitó esta vez sobre una figura de carácter global, en un país donde todavía se lloraba a Miguel Abuelo y a Federico Moura, también víctimas del virus.

A continuación, seleccionamos cinco momentos en la vida de uno de los cantantes más legendarios de la historia del rock, único por donde se lo mire y escuche.

1) Así habló Bulsara

En su libro más famoso, Así habló Zaratustra-Un libro para todos y para nadie, el filósofo alemán Fiedrich Nietzsche utiliza al profeta así llamado como testaferro de sus ideas, incluso dándole un marco poético al asunto.

No es la intención reducir a un silogismo a una de las obras fundamentales de la filosofía moderna, pero sí vale establecer que Zaratustra también es, a su vez, un sosias de Zoroastro, el fundador del mazdeismo o, también, zoroastrismo.

“Muertos están todos los dioses, ahora queremos que viva el superhombre”, se lee en uno de sus momentos cúlmines, más citados.

La muerte de Dios en boca de Nietzsche interprela y cruza la vida del niño Farrokh Bulsara. Fotos de archivo

La muerte de Dios en boca de Nietzsche, utilizando como médium a un personaje que es una alegoría a la considerada “primera religión monoteísta” que se recuerde es algo que, a esto íbamos, interpela y cruza la vida del niño Farrokh Bulsara (Freddie Mercury) nacido en la isla de Zanzíbar (hoy Tanzania) el 5 de septiembre de 1946.

Hijo de dos parsis (nativos de Guyarat, en Bombay, India) en su familia la religión que se profesaba era, cómo no, el zoroastrismo. Sino y destino, el hijo de Bomi y Jer Bulsara desarrollaría toda su virtud de acuerdo a su desmesurada pulsión de vida, que podría caber en la frase que otro nietzschiano prodigaría en 1971: “Soy un sólo un mortal con el potencial de un superhombre” (Quicksand, David Bowie, 1971).

Diez años más tarde de aquella proclama, convertidos ya en superestrellas & superhombres, grabarían juntos el hit global Under Pressure, donde se alternan en cantar. “Es el terror de saber de qué trata del mundo/ Viendo a algunos buenos amigos gritar ‘Déjenme salir’”.

David Bowie se arrodilla en pleno concierto para rezar el primer Padre Nuestro en vivo del rock. Foto AFP / THIERRY SALIOU

Y diez años después de publicarla, la dupla ocasional quedaría dividida entre el que sobrevivía (Bowie) y el que había partido (Mercury). Unos meses más tarde, en mayo de 1992, Bowie se arrodillaría en Wembley, en pleno concierto homenaje a Freddie, para rezar el primer Padre Nuestro en vivo de la historia de la música moderna.

2) Queen II, el lado oscuro de una cima

Hay un álbum que es un salvavidas para todos aquellos que, aunque nos guste Queen, vivimos buscándole una quinta pata al gato. El que asume todos los costos en nombre de su discografía, acaso porque hasta su ubicación estratégica & cronológica trasunta pureza: es el paso previo a la explosión de A Night at The Opera (Una noche en la ópera), el mojón de 1975 que incluye clásicos como Bohemian Rhapsody y Love of my Life, entre otros.

Queen II, a él hay que referirse, tiene halo ocultista y una portada cuasi macabra, basada en una foto de Mick Rock, el célebre retratista que falleciera unos días atrás. Un aparente portal a un mundo lúgubre, que el contenido sonoro no llegará a desmentir.

Y Freddie, está documentado, es el artífice del lado B (era del vinilo, claro), llamado el “lado Negro”. Como preludio, en “el lado Blanco”, Procession podría ser parte del soundtrack de la epocal La Naranja Mecánica, con su breve y perturbador eco de Bach.

Father to Son es como si el medley de Abbey Road (The Beatles) fuera potenciado en su pompa y circunstancia. White Queen (As it Began) es rockera e imperial y Someday One Day fue el tema que Cerati eligió como último tema que grabaría con Soda Stereo, para el tributo latino a Queen.

The Loser in The End, clausurando el lado, es el tema más a la moda en el álbum: glam rock digno de Bowie/Mott The Hoople/The Sweet. Un degenerado ejercicio de género.

El costado oscuro rompe con Ogre Battle: la diáspora entre el hard rock y el heavy metal podría definirse acá. The Fairy Fellers Master-Stroke se regodea en dinámicas impensadas, las que hacen que los fans lo justifiquen como una mezcla de Led Zeppelin-Yes-Beatles.

Nevermore parece un pastiche digno de Serú Girán (elogio) y The March of the Black Queen es un desfile de doble faz: entre la ópera y el musical.

En el cierre, Funny How Love Is parece un homenaje a los Beach Boys y Seven Seas of Rhye un compendio bien extractado de todas la ductilidad de la banda: musicalidad, poder, ambición, mística y un poco de solemnidad rayana con el ridículo. Más Mercury, imposible.

3) Duraznos de Zanzíbar

Dicen los testigos, y los que dicen haber estado y los que imaginaron un lugar en el sitio, que la celebración de Queen presentando el disco Jazz en New Orleans (1979) fue algo pocas veces visto. El recordado periodista/conductor/presentador Juan Alberto Badía reveló (no sin pudor) parte del recuerdo en su autobiografía En mi vida (2012).

“Lo más fuerte que me sucedió -lo conté muy pocas veces, seguramente por un poco de pudor- fue el haber asistido a la presentación que hizo Queen en New Orleans de su disco Jazz, en 1979. Una orgía, así de corta. Fue la última gran fiesta del rock. El sida aparece después, y eso lleva a que la historia comience a darse de otra manera. Las fiestas de los Rolling Stones durante la gira de Some Girls y ésa de Queen fueron las últimas grandes fiestas locas del rock. Y yo no estaba prevenido…”.

(…) Todo ese elemento desfilaba por el salón del hotel. Todo el tiempo te proponían cosas escalofriantes de cualquier tipo, y yo me sentía… apartado. Puteándome por no poder disfrutar. Lo único que hizo Queen fue dar dos vueltas al salón, montados en bicicletas; no tuvieron protagonismo. La fiesta era la única protagonista de la noche. Costaba contar eso a fines de los ’70, así que preferí callarlo. ¿Desde qué lugar lo iba a contar? ¿Desde un lugar pacato, desde el rock and roll?

Era difícil que te creyesen, además, todas las cosas que pasaron aquella noche. Yo tampoco las hubiese creído si me las hubieran contado, pero estuvimos muy desubicados los argentinos aquella noche. Esto que me pasó a mí les pasó también a los demás. No tanto a los brasileños, aunque ellos también estaban shockeados por lo que sucedía. Sin saberlo, estábamos asistiendo a la última gran fiesta del rock and roll. Hoy, parece casi una tontera; vivirlo en aquel momento fue fuerte”.

En contraste, cuesta entender cómo los miembros vivos de Queen decidieron mostrar a un Freddie “culpógeno por pecar”en la moralista biopic Bohemian Rhapsody (2018). Como si desandaran toda la euforia radical de un tema como Don’t Stop Me Now, justamente incluido en Jazz y que además cierra la película, para minimizar las pulsiones vitales que llevaron al cantante a ser quién fue, y todo lo que fue.

4) En vivo es vida

En su nota de suicidio, Kurt Cobain documentó su caos emocional como una entidad equidistante a la forma de encarar las cosas del líder de Queen. “Cuando estoy detrás del escenario y se apagan las luces y comienza el rugido maníaco de las multitudes, no me estremece como le pasaba a Freddie Mercury. Él amaba y saboreaba la adoración de sus fans. Y eso es algo que envidio”, escribió antes de pegarse un escopetazo.

Curioso: tanto Queen (1981) como Nirvana (1992) tocaron en Buenos Aires en el mismo estadio, Vélez Sársfield. Y puede que no haya habido en esta ciudad (ni en ninguna otra del universo) dos shows más antagónicos, con los asteriscos del caso.

Queen, en 1981, brindó una serie de shows pletóricos y triunfales en su visita a la Argentina.

El de los ingleses fue pletórico, triunfal, híper fogoneado por los medios en una época donde la recepción de espectáculos de esa talla era prácticamente nula. Fueron tres shows porteños, más uno en Mar del Plata y otro en Rosario, donde todo lo que se podía prever de Mercury se accionó como si hubiera un manual de estilo y se aplicara este a la perfección.

En cambio, lo del trío de Cobain accionó todas las palancas hacia abajo cuando vieron de primera mano el maltrato que el público local le ofreció a la banda telonera, sus amigas Calamity Jane.

Lo que pretendió ofrecer el muchacho de Seattle al público local fue ejemplar, pero incomprendido y adelantado a su época: sabotear el concierto quitándole a la audiencia la posibilidad de escuchar el hit Smells Like Teen Spirit y portándose con total abulia.

Queen en el Live Aid 1985, considerado lo más alto a lo que se puede aspirar como banda en vivo.

Para demasiada gente, el show perfecto de rock consiste en los veintipocos minutos de la actuación de Queen en el marco del Festival Live Aid en Wembley (1985), por repertorio, contexto, entrega y empatía con la audiencia. La película Bohemian Rhapsody se tomó tan en serio el dicho que se dedica a replicarla entera, como una reconstrucción de lo más alto a lo que se puede aspirar a llegar sobre las tablas.

5) Si se calla el cantor

En esa notable película que es El silencio es un cuerpo que cae (Agustina Comedi, 2017) la directora va en busca de los “años perdidos” de su padres, fallecido unos años atrás y muy de golpe.

En la reconstrucción, se encuentra con revelaciones: el activismo político de izquierda y la preferencia homosexual de sus relaciones. “Una parte de él murió cuando vos naciste”, es la frase que uno de los antiguos amigos de Jaime, así se llama el papá, le larga sin anestesia.

Pero Jaime ya no está y todo lo que puede saber está en filmaciones y testimonios de ese pasado, como evangelios nada apócrifos. Pero a partir de esos testimonios, ella misma puede arribar a comprender mejor un hecho que alguna vez la marcó: la primera vez que vio llorar a su papá.

“El silencio es un cuerpo que cae”, escenario de la proyección de una muerte sobre la de Freddie Mercury.

Ocurrió esto una mañana de fines de 1991, mientras la llevaba en el auto al colegio. Ante el llanto, inconsolable, Agustina quiere saber qué es lo que le pasa. Y Jaime se excusa: el mundo se acaba de enterar de la muerte de Freddie Mercury.

Con esa excusa, se enteraría muchos años después, maquilló el principal motivo de su pesar, que no era otro que el de la muerte de Néstor, su gran amante, testigo de casamiento y mejor amigo desde entonces. El Sida se había llevado a ambos y las penas nunca fueron menos ajenas.

E.S.

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