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Fatura Broun, el último arquero de Maradona: bizcochitos de regalo y el llanto que su hijo no pudo explicar

—¿A qué Maradona conociste?

—A mí todavía me cuesta hablar del Diego en pasado. Es duro. Me sorprendió como persona. Por su calidad humana, su sensibilidad, por lo agradecido que era. Nunca lo hubiese imaginado porque vos lo veías por televisión y te imaginás otra cosa. Es más, por ejemplo a mi mujer no le terminaba de caer bien. Yo, por ser futbolista y saber todo lo que hizo, siempre lo defendía. Cuando lo conocí y ella también pudo conocerlo, nos sorprendimos. Siempre veía su mundo como muy lejano. No pensaba ni siquiera en sacarme una foto. Y cuando hablo con él, perdón, cuando hablaba, o me llamaba por teléfono o me trataba con tanta naturalidad, no lo podía creer. Todo era una locura.

—¿En la cancha y en los entrenamientos se veía su costado más genuino?

—Con nosotros era uno más. No te hacía sentir que era Maradona. Y te hacía entrar a su mundo. Le encantaba boludear y por eso también conmigo pegó onda. Llegaba al entrenamiento y saludaba a uno por uno, era muy atento con los utileros, con los médicos, con los empleados del predio. Le encantaba estar en el pasto, quedarse hablando después de los entrenamientos. Y se lo veía bien. Cuando estaba con nosotros en el campo estaba feliz. Era muy humano, más allá de que era un Dios.

En la noche del 29 de octubre de 2020 sonó el teléfono de Jorge Broun. Era Diego. Y lo invitaba al que sería su último cumpleaños.

A pasear con el carrito. Maradona agarró del brazo a Broun y le pidió: “Andá despacio, por favor”. Foto gentileza Jorge Broun.

—¿Que te acordás de ese día?

—Todo. Me llamó para que fuera a la mañana, que iba a hacer algo tranquilo. Y yo nunca había ido a la casa. Imaginate mi cabeza. ¿Qué le regalo? ¿Qué le llevo? ¿Quiénes estarán? No conocía a nadie, iba solo, sin nadie del plantel. Esa noche dormí poco y nada.

—¿Y qué le regalaste?

—Es que no sabía, estaba todo cerrado por la pandemia. Entonces cuando salgo lo único que vi fue una panadería abierta. Y digo, “bueno, compro unos bizcochitos”. Para no caer con las manos vacías, qué se yo, para tomar unos mates. Una falta de respeto, caí con unos bizcochitos.

—¿Cómo lo encontraste?

—Cuando llegué me quedé en la parte de afuera de la casa y no conocía a casi nadie. Escuchaba que decían que el Diego estaba durmiendo. Empezó a llegar gente y era todo medio incómodo. Iba, venía, entraba en el quincho… Escuchaba que decían “lo fuimos a despertar y no quiere saber nada”. Y a mí se me hacía tarde porque tenía que ir a almorzar y después ir a la cancha, jugábamos a las 19. Entonces pregunté a uno de los asistentes si querían que fuera yo a despertarlo.

—Y fuiste.

—Sí, con miedo, con vergüenza. Entro a la habitación y estaba todo oscuro. El Diego estaba tapado hasta arriba, acurrucado, en el medio de la cama. Me subo a la cama, me arrodillo y le empiezo a tocar el hombro, a sacudir un poco. Le digo “dale, boludo, despertate, es tu cumpleaños”. Y me decía que no. Le insisto: “dale que ya no hay nadie, están los de siempre, dale porque te voy a levantar de los pelos”. Y se ríe. Pero me dijo “no, Fatu, no, no me voy a levantar”. Ahí ya está, listo: me di media vuelta y me fui. Dije “me rindo, no pude”. Pasaron dos minutos y se escuchó que se levantaba. Fue al sillón, estuvo con su hijo, se tomó un café, miró los saludos que le habían mandado en su Instagram. Y ahí arrancó.

—Vos que viviste ese costado más humano, ¿qué te pasó cuando escuchabas los audios que circularon de su entorno?

—Me dolía. Y cuando veía algo así cambiaba de canal. No podía y no quería escuchar nada. Una vez que pasó lo que pasó, dije “ya está, loco, déjenlo en paz, ya está, que descanse y listo”. Te da bronca. Pero ante todo dolor.

A las risas en los entrenamientos: Diego disfrutó de su etapa en Gimnasia y había entablado una relación muy cercana al arquero. Foto: gentileza Jorge Broun

—¿Sentís que fue una muerte evitable?

—No lo sé. Nosotros como plantel nos asustamos cuando fue la operación. Estábamos todos en alerta. Pero después de la operación hicimos una videollamada, nos pusimos a hablar y el Diego estaba bárbaro, estaba perfecto. Nos decía “el martes estoy ahí con ustedes”. Y ese día estábamos esperando eso, que apareciera el Diego en el entrenamiento. Y cuando pasó no lo podíamos creer. Entrenamos a la mañana, comimos todos en el club. Y cuando llego a mi casa, en el grupo de Whatsapp del equipo empiezan a preguntar “che, ¿qué pasó con el Diego?”, “¿alguien sabe algo?”, “¿es verdad lo que están diciendo?”. Y ahí prendí la tele.

—¿Cómo fue?

—Lo vi a Guillermo Andino que estaba llorando… Fue tremendo. Estaba con mi mujer y mis tres hijos. Fue un silencio total. “(Pensaba) No, es mentira, no puede ser”, esperaba que dijeran al final “se descompensó pero está estable” o algo así. Esperaba eso. Y de golpe mi hijo más grande, que no entiende nada de fútbol, que no le interesa y que ni siquiera había querido venir a conocerlo cuando fuimos todos, se larga a llorar. Y me decía “no sé por qué lloro, no sé por qué estoy así”. Eso me mató.

—En medio de ese shock, había que ver los pasos a seguir.

—Sí, claro. Nos organizamos porque queríamos ir al velatorio. Y queríamos entrar todos. Nos juntamos a la mañana en Estancia Chica, hicimos un minuto de silencio que fue muy fuerte, muchos chicos llorando, fue duro. El Gallego (Méndez) estaba quebrado, destrozado. De ahí fuimos en micro a Casa Rosada. Y yo previamente llamé a uno de los asistentes de Diego para asegurarme. “¿El Diego está ahi?”. Porque veíamos en la tele la imagen del cajón y la gente que pasaba, dejaba flores, cantaba. Pero qué se yo, “¿será o no será? ¿Estará realmente ahí?”. Nosotros queríamos ir a donde estuviera el Diego. Y bueno, me confirmaron que sí, que estaba en el cajón. Yo fui el primero que entró. Me recibió Claudia (Villafañe), saludé a Dalma, a Gianinna, empecé a darles el pésame a todos. Y cuando llegué al cajón me quebré. Fue durísimo. Ver a toda la gente gritando, algunos llorando. Fuimos el último grupo de jugadores que estuvo con él y que lo hizo feliz.

—Visto a la distancia, ¿queda la satisfacción de todos esos homenajes que vivió en cada cancha?

—Fue de película. Su vida es una película, con cierre y todo. El Diego recorriendo Argentina y ovacionado en todos los estadios… Nosotros no éramos nunca visitantes. Llegabas a la cancha y la gente se desesperaba por verlo. Diego tenía un ángel especial, un aura que lo acompañaba. En Rosario, en Córdoba, en Mendoza, en Independiente con Bochini… Y el último partido termina en la Bombonera. Decís, “wow, cerró todo perfecto”. Y a su vez es una lástima. Nadie hubiera soportado la vida de Maradona. Y a su vez nadie sabe lo que es ser Maradona. Por eso no lo juzgo.

Fatura muestra el tatuaje en homenaje a Diego que se hizo hace un par de meses. Foto Martín Bonetto

En el barrio y en su infancia Jorge Broun siempre fue “el Loco de la Torre 8”. Vivía en un Fondo Nacional de la Vivienda junto a su padre, que por ese entonces era camionero para una empresa de helados y pasaba varios días fuera de casa; su madre, que trabajaba limpiando hogares y luego pasó a un sanatorio, y su hermana mayor.

“Al ser un barrio con varios edificios, había muchos pibes y de todas las edades. Lo más lindo era ir al parque municipal -recuerda Broun-. Había canchas de fútbol, de tenis, de todo. Y había una pileta. En los veranos íbamos con el carnet de socio, nos hacíamos la revisión médica, nos cobraban 25 centavos para entrar y nos metíamos. Estaba todo el barrio, era espectacular”.

El apodo más conocido lo heredó de su padre, que lo había recibido cuando en sus primeras changas, de chiquito, salía con un canasto a vender facturas. “Era el de las faturas. Y yo después fui faturita”.

Su camino al arco llegó como un atajo saludable. Tenía 4 años cuando un estudio médico de rutina informó que tenía un pequeño soplo en el corazón. Era normal para su edad, pero en ese momento su mamá se asustó y habló con el técnico de la escuelita. Que corriera y se agitara lo menos posible fue el pedido. Y ahí pasó del centro del campo a abajo del travesaño. “Vino bien porque el que atajaba en ese momento, cuando le hacían un gol, festejaba con los rivales. Es más, tengo el recuerdo que el primer partido que atajé: tapé un penal. Y ahí quedé”.

Su costado menos conocido es como integrante de una batucada. Le empezó a tomar el gusto cuando iba a ver a los pibes que se juntaban en el parque y después fue uno más. “A los 16, 17 años, ya estaba en Primera, y seguía tocando en cumpleaños o eventos. Nos contrataban. Es más, un salón de fiestas en Galves ya nos tenía como parte del show que ofrecían”, relata Fatu, que tocaba el surdo, el tambor grandote que va marcando los tiempos.

Ganaban 10 pesos por show, pero el Gordo David no se los daba, los guardaba. Y en diciembre empezaba la repartija. “Te repartía como 300 pesos para antes de la Fiestas, era una fortuna”. Guille, Gusti, Macaco, Juanca y el Ponja completan la banda que alguna vez también integró el arquero Cristian Alvarez. “Hay gente que el día de hoy me ve y me dice ‘yo te tengo en el video de cumpleaños de 15 de mi hija tocando la batucada’”.

—Jugás en el equipo de tus amores, tenés una carrera consolidada. ¿Podés disfrutar del fútbol?

—Desde que volví de Europa lo viví de otra manera. Primero me tocó estar con el más grande (por Maradona) y después volví al club que me dio todo, desde inferiores, para llegar y vivir del fútbol. Somos privilegiados, yo me siento un privilegiado. Y ahora lo disfruto mucho, ir a los entrenamientos, llegar temprano. Después obviamente los partidos son otra historia.

—¿Y ahí qué pasa?

—Y ahí entra el exitismo de Argentina: si ganás está todo bien y si perdés está todo mal. Todo es el momento. Si un partido jugás bien, te elevan por demás y si pasa lo contrario te pegan en el piso, tratan de hacerte daño. Y siempre, quieras o no, lo negativo te llega más que lo positivo.

Junto al Kily González, que bromea para las fotos durante la entrevista de Broun con Clarín. Foto Martín Bonetto

—Rosario es el ejemplo más exagerado de esa locura.

—Está todo potenciando a la enésima. Sos de Central o sos de Newell’s y más allá de que es una ciudad grande, todo se sabe, todos se conocen. Depende mucho del resultado del fin de semana la organización de los días siguientes.

—¿Qué no podés hacer si perdés?

—Salir. Yo ya soy grande y por ejemplo no dejo de llevar a mis hijos al colegio por haber perdido un partido. Pero es bravo.

—Cuando murió Diego tuvieron que salir a jugar 48 horas después del velatorio. ¿Por qué los jugadores aceptan esas cosas?

—Fue una locura. Pero, ¿sabés qué es lo que pasa? De chiquitos nos inculcan que el show debe continuar. No tenemos cumpleaños, bautismo, velorios, nada. Mi abuela falleció un sábado a la mañana y esa noche jugué en Colón contra Belgrano. Somos como unos robots que tenemos que seguir, seguir y seguir. Obvio que está mal. Pero desde chico creés que es lo correcto y lo que tenés que hacer. Murió nuestro entrenador, que además era el Diego, sumale que el Gallego había renunciado y ni siquiera estaba para dirigir. Y no fueron capaces de suspender ese partido. Y encima tenés que rendir. Porque si perdés van a decir “¿te das cuenta? Ni siquiera pueden regalarle una victoria al Diego”.

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