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Cómo es Los años salvajes, lo nuevo de Fito Páez: crónicas urgentes paridas en pandemia

Un disco de rock. De eso se trata, en toda la dimensión del género, Los años salvajes, el nuevo álbum compuesto en pandemia por un Fito Páez convertido en una máquina de escupir canciones, y grabado en tres jornadas urgentes en compañía de un dream team de músicos de esos que entienden todo a`primera vista y que, aunque todos estén en condiciones de ponerse la 10, saben jugar para el equipo.

Pero aunque suene simple, no lo es tanto hacer un disco de rock en los días que corren, en los que el género parece ir reencontrando cierta refrescante marginalidad, claro que no por propia voluntad sino porque la industria encontró su caramelo de ocasión en los balbuceos urbanos autotuneados con bajos costos de producción.

Y mucho menos hacer un disco de rock que no por decir cosas que sabemos y ya escuchamos una y mil veces deje de ser lo suficientemente atractivo como para que den ganas de escucharlo de punta a punta sin sentirse la tentación de acelerar el trámite. Y si tenés 40 minutos de sobra, darle ‘play’ de nuevo sin riesgo de aburrirse.

A pocos días de haber recibido el Grammy a la excelencia musical, Fito Páez se despachó un atrapante nuevo capítulo de su obra. Foto Prensa Sony Music

Sobre todo, si el plan forma parte de uno mayor, que abarca la grabación de otros dos trabajos, uno instrumental, junto a la Orquesta Sinfónica Nacional Checa, y otro en la modalidad “solo piano”, titulado The Golden Light, que verá la luz en abril del año próximo.

Desafiante y despojado

Hay canciones de Fito Páez que se imponen por su propio peso; otras, en cambio, pueden (y deben) ser escuchadas como partes de distintas sagas. Algo que sólo puede suceder cuando un artista tiene obra; y Páez tiene una, generosa y esencial, al amparo de la cual forjó su condición, de estilo a veces palaciego y otras, desafiante y despojado.

En esta segunda categoría califica Los años salvajes, aunque hasta tenga a la Czech National Symphony Orchestra, desde el ataque inicial de batería con el que el maccartiano Abraham Laboriel Jr., junto al felizmente “repatriado” Guille Vadalá marca el beat de Vamos a lograrlo.

Un capítulo más del perfil de Páez inscripto en eso que Caetano Veloso describió en una entrevista brindada recientemente a este diario como “optimismo programático”.

Ahí es donde habitan títulos como La ciudad liberada o El diablo de tu corazón. Y donde también podría ser incluida la flamante Lo mejor de nuestras vidas, que bajo semejante enunciado enumera unas cuantas de nuestras miserias cotidianas con la electricidad de la guitarra de Juani Agüero.

Prólogo de la inmediata Shut Up, que dispara en carne viva al centro del aquí y ahora, con la escenografía exacta en la tapa del diario de ayer: “No balees a los pibes/¿Qué clase de hombre sos?/No los riegues de balas…” Es que en esta puta ciudad, los años nunca dejaron de ser salvajes.

Una mirada al ayer y la fórmula implacable

La música de los sueños de tu juventud, una de las “baladas” alla Fito ofrece una de los momentos poéticos más inspirados de Los años salvajes, con esa idea de que “nos vamos flotando en el tiempo”, cantada después de habernos avisado que “ya no existe mamá ni papá” y que “afuera no hay nada en ningún lugar”. Una bellísima manera de decir que no somos más que lo que queda de lo que somos. 

Fito Páez logra conjugar retazos de su pasado con el presente más urgente. Foto Prensa Sony Music

¿Qué más? Caballo de Troya y Sin mí en vos son dos implacables “dos más dos es cuatro” del oficio de un artista que si se repite, lo hace para mejorar el original. Y en todo caso, si no conocés aquel, es una buena ocasión para ir en su búsqueda y explorar el camino que lleva del hombre enreverado en Rosario al hombre engrammysado en Las Vegas.

El mismo registro en el que pueden ser incluidas Lili and Drake, una de esas historias de arrabal contemporáneo que Páez viene escribiendo en capítulos desde Tercer Mundo, y Encuentros cercanos, una preciosa declaración de amor a Fabi Cantilo regada de los coros maravillosos que aportan Juan Absatz y Carlos Vandera.

Lo mejor para el final

En cambio Beer Blues es de esas creaciones que imponen sus propias condiciones, aunque incite a linkear con la London Town de Confiá. Solo que acá, la presencia de Elvis Costello contribuye a que las acciones de Los años salvajes se disparen al espacio.

Juntos, juegan a dos puntas, entre Londres y Rosario, estableciendo una línea directa entre el Covent Garden y El Diablito en la que Malvinas, Liverpool y el tango se mezclan como el inglés y el castellano en la canción. Y uno se atrevería a decir que compraría el disco entero sólo por este tema. Como en los viejos años salvajes.

Los que Páez cuenta, precisamente, en el décimo y último track del álbum al que además le da el título, con Fabi como invitada y con una bocanada de aire fresco que opaca cualquier amague de nostalgia bajonera anclada en el pasado, a pesar de la foto de tapa con un Fito modelo 1986, y pone todo en presente: “Estos son mis años salvajes/el infinito está ahí afuera,/ya estoy curioso del vuelo”. 

E.S.

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