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Trabajar para el Estado, la relación de dependencia que más crece

El empleo público no para de crecer. No se detiene en épocas de crisis y mucho menos cuando hay rebote económico. Los números oficiales dicen que el ajuste lo hace el sector privado, y los puestos de trabajo se destruyen así se imponga por Decreto de Necesidad y Urgencia la prohibición de despedir empleados o la doble indemnización.

Las cifras del ministerio de Trabajo dicen que desde enero de 2012 hasta agosto de este año -último dato oficial- hay 747.356 puestos nuevos, sumando los nombramientos en los tres niveles de la administración pública (Nación, provincias y municipios).

Hoy hay un 30% más de empleados públicos que hace casi 10 años. En ese mismo período el empleo privado registrado se anota una pérdida de 154.409 puestos. La situación no varió durante la pandemia. Mientras se destruía el empleo privado -registrado y sobre todo no registrado- el Estado siguió incorporando personal. Desde diciembre de 2019 hasta agosto, los números cantan: 92 mil empleos privados registrados menos y 83.000 empleados públicos más. Los trabajadores informales fueron los que más sufrieron. Hoy faltan recuperar su trabajo más de 390.000 personas en el mundo del trabajo no registrado.

Las formas de precarización laboral de quienes no cobran un cheque del Estado conviven con la creación de más dependencias oficiales. A diario aparecen en el Boletín Oficial la creación de observatorios o nuevos programas que suelen operar como superposiciones con las estructuras burocráticas ya existentes.

El número de trabajadores autónomos (profesionales o empresarios por ejemplo dueños de pymes) están en permanente contracción. Durante la pandemia se dieron de baja de esa categoría 26.000 contribuyentes. En 10 años, la caída alcanza a los 30.000 cuits.

Donde también hubo ajuste es en el segmento del empleo en casas particulares. El ajuste en los hogares no se hizo esperar, derivado de la caída de ingresos reales que sufrieron muchas familias o porque el home office hizo que muchas familias se encargaran de esas tareas. Solo en la pandemia, se dieron de baja casi 22.000 puestos en esta categoría.

La explosión del monotributo “clásico” y sobre todo el monotributo social habla por sí solo de la tendencia a la precarización laboral que se está observando en la Argentina.

Ajenas a las sucesivas crisis, las administraciones públicas siguen incorporando personal a la planta permanente, aunque tampoco se privan de contratar fuerza de trabajo mediante contratos a plazo o pagando contra facturas.

Conclusión: el tan declamado empleo privado de calidad es un bien preciado, pero cada vez más escaso en la post pandemia.

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