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Gogó Rojo, la vedette que se desnudó en el escenario y guardó recato en su vida privada

Fue mucho más que la hermana de Ethel. Gogó Rojo ha sido una carismática actriz, vedette y bailarina que transitó con elegancia y simpatía esa última etapa de la época de oro de la revista porteña. Ayer, a los 78 años, falleció en su departamento del barrio de Recoleta a raíz de un paro cardiorrespiratorio, luego de algunos años de superar varias contrariedades de salud. Resiliente de algunas dolencias complejas, irradiaba alegría y optimismo, aunque ya no se la veía tomar café en los bares de la calle Ayacucho, como era su costumbre.

La artista se manejaba con bajo perfil, aunque cada vez que era invitada a los programas de televisión desplegaba una enorme simpatía y esa sonrisa franca que la caracterizaba. Cuando en el año 2012 murió Ethel Rojo, Gogó sintió que una parte de ella también había partido. Nada fue igual en estos nueve años en los que transitó la vida en soledad. Allá lejos habían quedado la alegría del teatro, las dos funciones diarias de martes a domingos y las trasnoches de los sábados, donde las Rojo deslumbraban con su belleza y proponían cuadros musicales de vanguardia con impronta europea. En aquella temporada en la que Gogó y Ethel se pintaron el cuerpo de dorado y pisaban desnuda el escenario, el país hablaba de ellas.

Gogó y Ethel Rojo, las hermanas que hicieron hablar a un país

Gogó Rojo era osada en la escena y de una discreción absoluta en su vida cotidiana. Una dama que hizo de la seducción y el erotismo una forma de arte, pero que jamás se envalentonó ni generó escándalos en el ámbito privado. “Desnuda en la revista, vestida y sencilla en la vida”, solía decir.

Hablaba con tonada particular, acaso resabios de su Santiago del Estero natal. Gogó Rojo nació el 7 de diciembre de 1942, en el seno de una familia dedicada a la costura: su padre vistió a gobernadores y políticos y su madre era modista. Ahí se germinó esa otra pasión de Gogó por la ropa que la llevó a montar una feria americana de nivel durante años. Fue anotada como Gladys del Valle Rojo Castro, nombre con el que supo transitar parte de su carrera.

Fue su hermana Ethel quien la impulsó a dedicarse al espectáculo. Ambas se establecieron de muy jovencitas en España, donde comenzaron a pisar los escenarios del music hall y de los shows de variedades con aires de copla. Durante años vivió en Madrid, mientras que su hermana hizo lo propio en Barcelona. Gogó no se privó de bailar rock en algunas discos de aquel país.

En España, además, interpretó teatro de texto. Fue actriz de Don Juan Tenorio y de El hombre de la esquina rosada, pieza basada en el texto de Jorge Luis Borges, donde compartió cartel con Alberto de Mendoza.

En Argentina, la artista cumplió con el derrotero del escalafón del teatro de revistas. No eran épocas donde hablando de la vida privada o protagonizando un escándalo se ascendía en la marquesina. Fue bailarina, figurita, media vedette y, finalmente, vedette. Luego de esa “universidad”, su nombre brilló bien alto junto al de actores y cómicos como Juan Carlos Calabró, Jorge Porcel, Dringue Farías, Osvaldo Pacheco, Juan Verdaguer y José Marrone. Con todos ellos mostró su gracia y, además, su talento como bailarina.

Los teatros fueron su casa. El Maipo, que fuera otrora la “Catedral de la Revista Porteña”, el Tabarís, el Nacional y el Astros vieron desfilar su glamour. Allí lució ese cuerpo esbelto y natural, con las curvas justas y necesarias. Era llamativa, pero no ampulosa. Sexy, pero jamás vulgar. Tanto ella, como su hermana Ethel, fueron de las mujeres que trabajaron con su cuerpo, pero que jamás fueron cosificadas. Empoderadas cuando el término no se conocía.

Maipo Superstar, Corrientes je t’aime (Rojo + Rojo: Fuego), Polémica en el teatro y Gogó al desnudo fueron algunas de los espectáculos de revista en los que brilló bailando de manera excelsa y bajando las escaleras del cuadro final sin mirar el piso, como correspondía a una primera vedette como ella.

Cuando con Ethel se pintaron el cuerpo de dorado, no se habló de otra cosa. Las localidades para ver ese espectáculo se agotaban con varios días de anticipación. En el número final de aquella revista, las hermanas se aplicaban una crema a base de siliconas, aceite, polvo de oro y hierro sobre sus cuerpos completamente desnudos. No necesitaban más que caminar el escenario para enmudecer a hombres y mujeres. Cuando terminaba la primera función, debían bañarse para quitar ese ungüento algo nocivo para la piel y prepararse para la segunda noche con localidades agotadas. Los sábados repetían tres veces la rutina porque había una función que arrancaba ya entrada la madrugada.

Tampoco se privó de interpretar en la Argentina algunos clásicos como El enfermo imaginario de Moliere o La fierecilla domada de William Shakespeare. En la última década, fue el director José María Muscari quien le dio varias oportunidades para seguir demostrando su talento en la madurez. Así fue como en el 2010 interpretó Escoria, el lado b de la fama, aquella pieza en la que queridas figuras de la escena volvían al ruedo para generar un éxito de público. Junto a Gogó Rojo brillaban Julieta Magaña, Cristina Tejedor, Héctor Fernández Rubio, Liliana Benard y Noemí Alan, entre otros. En esta pieza, que llenaba el Teatro del Pueblo, se animó a mostrar sus senos desnudos. También bajo las órdenes de Muscari, que siempre está atento a darle trabajo a quienes ya no están en el “candelero”, fue figura de Póstumos, junto a celebridades como Nelly Prince e Hilda Bernard. La última vez que se subió a un escenario fue para participar como actriz invitada en Las Toreras, una pieza que se montó en un pequeño espacio del Paseo La Plaza.

Gogó Rojo estaba identificada con el teatro, pero también fue figura de la televisión y el cine, aunque con menos frecuencia que su hermana Ethel. Las películas picarescas Hay que romper la rutina y Maridos en vacaciones, ambas de Enrique Cahen Salaberry y protagonizadas por Alberto Olmedo y Jorge Porcel, la contaron en su elenco. En ambas, compartió la labor con su hermana Ethel. También fue actriz del programa El Chupete, junto a Alberto Olmedo.

Privacidad al extremo

No muchos sabían que Gogó Rojo tuvo tres parejas duraderas: el periodista Oscar Otranto, el empresario brasileño Clóvis de Azevedo y Adolfo Waitzman. La separación de Otranto la sumió en una gran depresión, por eso su matrimonio con Azevedo significó una revancha al dolor. Estuvieron juntos once años y durante mucho tiempo viviendo en Brasil, donde el empresario mantenía negocios vinculados a la caña de azúcar. Con el compositor Waitzman vivió en Brasil y en Punta del Este. Con ninguna de sus parejas tuvo hijos.

Figura de un tiempo más recatado, no era mujer de mostrarse demasiado. Solía privilegiar su vida personal, razón por la cual acompañó a sus parejas en sus diversos emprendimientos en el extranjero sin importarle perder protagonismo en un medio que la había coronado como primera figura. En cambio, su hermana Ethel nunca dejó de trabajar y cuando el teatro de revistas comenzó a decaer, transitó con éxito el medio televisivo. De ahí que Gogó fuera menos popular que Ethel en los últimos veinte años.

Gogó y Ethel dejaron, en el verano de 2003, sus manos marcadas frente al hotel Hermitage de Mar del PlataFOTO:DYN/LA CAPITAL MDP

Sus últimas apariciones televisivas se dieron en el programa que Moria Casán conducía en el canal América. Allí, algo raro en ella, se involucró en alguna discusión con colegas como Aníbal Pachano o Luisa Albinoni. Nada serio y con cierto sabor a querer llamar la atención para no ser olvidada.

En 2008 superó un diagnóstico de linfoma de Hodgkin, dolencia que le dejó alguna secuela, pero que no le impidió seguir trabajando. Anoche, al momento de fallecer, se encontraba acompañada por una cuidadora. La mujer, que estaba a su lado cuando Gogó exhaló su último suspiro, rápidamente llamó a un amigo personal de la actriz, quien se encargó de los trámites de rigor.

Con la partida de Gogó Rojo muere uno de los últimos testimonios vivos que quedaban de aquel tiempo de gloria del festivo género de la revista porteña y de una calle Corrientes que resplandecía con teatros llenos, multitudes en sus veredas y estrellas como ella que irradiaban misterio y sensualidad.

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