Dennis Hopper: el intratable rebelde de HollywoodEspectáculos Política 

Dennis Hopper: el intratable rebelde de Hollywood

Fue uno de los grandes forajidos de Hollywood: como si no hubiera concebido la división entre obra y vida, Dennis Hopper encarnó el espíritu rebelde y contracultural de los años ‘60 no sólo a través de su trabajo, sino de su comportamiento cotidiano. Representó el arquetipo del chico malo: alcohólico, cocainómano, sexualmente desenfrenado, su fama de intratable lo mantuvo alejado del cine durante años, pero siempre se las ingenió para volver.

Este viernes 29 de mayo, en el décimo aniversario de su muerte, el canal TCM estrena el documental Dennis Hopper, compañero de viaje, una buena excusa para reencontrarse con uno de los padres del cine independiente estadounidense.

Dennis Lee Hopper nació el 17 de mayo de 1936 en Dodge City, Kansas, hijo de un empleado de correos y una instructora de guardavidas. Desde la infancia manifestó interés en la pintura y la actuación, y en la adolescencia empezó a estudiar teatro y a participar en algunas obras. El año 1955 lo marcó: tenía 19 años, y no sólo consiguió trabajo en tres series televisivas, sino también papeles de reparto en las últimas dos películas de James Dean: Rebelde sin causa –su debut cinematográfico- y Gigante.

Dean era su ídolo -“Me consideraba el mejor actor del mundo hasta que vi actuar a Dean”, decía- y pronto fueron amigos. Pero la relación duró poco: la muerte del sex symbol en un accidente de tránsito, en ese mismo 1955, lo afectó profundamente. La influencia de Dean, sumada a su conocimiento del método Stanislavski, se notó en la actuación de Hopper en sus siguientes películas.

Dennis Hopper en 1976, cuando presentó “Tracks” en el Festival de Cannes.

Duro dentro y fuera del set, ocupó el rol de villano en westerns, fue un malhumorado Napoleón en La historia de la humanidad y empezó su largo historial de niño terrible: los directores y productores conocieron sus rabietas, ataques de furia, caprichos. Todos sabían que meterse con Hopper era un camino de ida, con un final imprevisible. Así y todo seguía trabajando, pero lo que asomaba como una gran carrera empezaba a diluirse en papeles secundarios, tanto en televisión como en cine.

La década del ‘60 lo encontró ganándose el pan con apariciones breves en series como La dimensión desconocida o El hombre del rifle, y en películas como La leyenda del indomable (1963). Incluso en bizarrías como Queen of Blood (1966), una excentricidad de vampiros en el espacio que terminaría siendo clave para su vida: ahí conoció a Roger Corman, que era el productor ejecutivo. Y Roger Corman lo conoció a él.

El zar de las películas de bajo presupuesto, uno de los padrinos del Nuevo Hollywood, sería el celestino que juntaría a Hopper con Peter Fonda para dirigirlos en The Trip, un drama lisérgico con guion de Jack Nicholson. La sociedad con Fonda fue lo mejor que podía pasarle: junto a Terry Southern, ellos dos escribieron el guion de la película por la que siempre se los recordará, Busco mi destino (1969).

Dennis Hopper con Jack Nicholson.

Fue una de esas películas cuya influencia supera a su calidad cinematográfica: la opera prima de Hopper supo capturar el espíritu de la época, resultó la cumbre expresiva del inconformismo que envolvía a gran parte de la juventud occidental. Esta road movie basada en la contracultura hippie y el movimiento beat contaba las andanzas en moto de dos renegados, Capitán América (Fonda) y Billy (Hopper), por las rutas del sudoeste estadounidense.

Un camino hecho de libertad sexual, experimentación con drogas y rebeldía frente al poder que se convirtió en una de las primeras películas en plasmar en la pantalla la sociedad alternativa que soñaban los jóvenes de la época. Y fue un desafío a la maquinaria hollywoodense: hecha por y para jóvenes, tenía música de íconos de símbolos revulsivos como Bob Dylan, Jimi Hendrix o Steppenwolf, no contaba con estrellas entre sus protagonistas, la historia era caótica y terminaba mal.

Todo en la carrera de Hopper parece haber estado rodeado de controversia, y Busco mi destino no fue la excepción. Y no porque los excesos sexuales y narcóticos ocurrieran tanto delante como detrás de cámara, sino porque muchos atribuyen gran parte de la película a la lucidez de Southern, algo que el ego de nuestro héroe no podía soportar: él se la atribuía en su totalidad.

Como fuera, costó 400 mil dólares y recaudó 60 millones. Un éxito fenomenal que le abrió el camino al Nuevo Hollywood, ese movimiento que –de la mano de Francis Ford Coppola, Steven Spielberg, Martin Scorsese o Brian De Palma-, llegaba para destruir las ideas convencionales de la industria del cine. Pero Hopper –que estuvo nominado al Oscar junto a Fonda y Southern por el guion- no pudo aprovechar del todo el sensacional golpe que le había dado al sistema de los grandes estudios.

Estaba fuera de control. Se había divorciado luego de ocho años casado con Brooke Hayward -hija de la actriz Margaret Sullavan- y en 1970 se casó con Michelle Phillips, cantante de The Mamas & the Papas: el matrimonio duró ocho días. “Los primeros siete fueron bastante buenos”, bromeaba. Ese mismo año la policía lo arrestó al encontrarlo delirando, corriendo desnudo, pasado de drogas, en Nuevo México.

Una escena de “Busco mi destino”, con Jack Nicholson y Dennis Hopper.

Así y todo, en 1971 Universal apostó a que repitiera el batacazo de Busco mi destino y le dio 850 mil dólares -una fortuna para la época- y control creativo total para su siguiente película. Y allá fue Hopper, en la cresta de la megalomanía, a Perú, para filmar The Last Picture (La última película), en la que hacía de un doble de riesgo mesiánico que combinaba sus delirios místicos -se creía Jesús- con su trabajo en un western de Sam Fuller.

El rodaje en Chinchero, cerca de Cuzco, fue un caos de cocaína, ayahuasca, orgías y alcohol. El resultado reflejó esas condiciones de filmación: confusa y delirante, la película tuvo en lanzamiento limitado y resultó un fracaso absoluto, aunque ahora sea considerada, como su director, una pieza de culto.

Por esa época Hopper también dirigió un documental autobiográfico, The American Dreamer (1971), donde se lo veía editando The Last Picture en su casa de Taos, dándose baños con mujeres, usando armas y dando discursos de filosofía hippie. Su reputación de loquito estaba garantizada, y su carrera como director, herida de muerte. Tardaría nueve años en filmar su siguiente película (Fuera de control) y luego sólo haría dispares películas por encargo, como las policiales Colors (1988) y Zona caliente (1990), y la comedia Misión explosiva (1994).

Como actor, después deThe Last Picture también entró en un camino errático. Pero cada tanto emergía de la nube de alcohol y sustancias para entregar papeles memorables, como Tom Ripley en El amigo americano (1977), de Wim Wenders o el fotógrafo de Apocalypse Now (1979), de Coppola, al que improvisó visiblemente drogado.

En “El amigo americano”. Dennis Hopper.

En 1983 entró en una clínica de rehabilitación. La situación era insostenible: tenía ataques psicóticos, lo echaban de los rodajes y, según escribió Peter Biskind en el libro Moteros tranquilos, toros salvajes: La generación que cambió Hollywood, había llegado a consumir tres gramos de cocaína diarios, más treinta latas de cerveza, marihuana y cuba libres.

Logró limpiarse y al salir de la clínica tuvo otro gran papel, el padre alcohólico de Matt Dillon y Mickey Rourke en La ley de la calle (1983), de Coppola. Como para confirmar su regreso, tres años después brilló como Frank Booth en Terciopelo azul, de David Lynch: sus increíbles escenas con Isabella Rosellini son de lo mejor de una película de por sí memorable, y lo terminaron de convertir en un actor de culto, de esos que no protagonizan pero son capaces de darle otro espesor a un filme.

Hopper, en la película “Paris Trout”.

Ese 1986 estuvo ocupadísimo: actuó en seis películas y tuvo su segunda nominación al Oscar, como actor secundario por Ganadores. A partir de entonces logró estabilizarse y, aunque los protagónicos le serían esquivos, se consolidó como un confiable actor de reparto. En los ‘90 no tuvo tanta suerte con la calidad de sus trabajos: a menudo tuvo que repetir su papel de tipo recio y loquito en policiales de segunda.

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Por esa época empezó a revelar su talento como escultor, pintor y, sobre todo fotógrafo, un arte que desarrolló en paralelo desde su juventud, con excelentes retratos de personalidades como Martin Luther King, Roy Lichtenstein, Paul Newman o John Wayne. Expuso en varios de los principales museos del mundo: “Nadie toma seriamente a los actores cuando hacen arte”, escribió en un catálogo del Stedelijk Museum de Amsterdam.

Dennis Hopper posa frente a una de sus fotografías.

Pese a lo que su trayectoria y personalidad díscolas parecerían indicar, era militante del Partido Republicano y admiraba especialmente a Ronald Reagan (aunque en su última elección presidencial votó por Obama). Trabajó mucho en sus últimos años: según declaró, medio en broma y medio en serio, decía que era para mantener a los cuatro hijos que había tenido con cuatro mujeres -todas actrices- diferentes.

Dennis Hopper al recibir su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, en 2010. Fue su última aparición pública.

Los conflictos personales lo acompañaron hasta el final. En octubre de 2009 le detectaron el cáncer de próstata que terminaría con su vida. Y en enero de 2010, ya casi incapaz de soportar la quimioterapia, le inició un juicio de divorcio a su quinta esposa, Victoria Duffy, de 42 años, con la que llevaban 14 años juntos. El 5 de abril tenían una audiencia, a la que el abogado del actor había anunciado que su representado iba a faltar: Hopper ya estaba muy consumido por la enfermedad.

En su última aparición pública, cuando fue inaugurada una estrella con su nombre en el Paseo de la Fama de Hollywood, lejos de sus arrebatos juveniles, agradeció emocionado: “Ustedes me dieron una vida que jamás hubiera podido tener siendo un chico de Dodge City, Kansas”.

WD

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