El “fake” changarín perdió hasta su última changaSociedad 

El “fake” changarín perdió hasta su última changa

José Sanchez ofrece mate. “Yo tomo dulce”, aclara buscando aprobación. La casa es modesta. Paredes sin revocar, techos de chapa, aberturas deterioradas por el óxido. La propiedad, en el 22 de la calle 9 de julio, tiene un ambiente único: separados por un ropero y una frazada con dibujos infantiles que cuelga del techo se reparten el living, la cocina y la habitación. El sol se filtra por la puerta de ingreso y entibia el lugar. La temperatura parece desmentir al otoño. Nogoyá está hecha de silencios a esta hora de la siesta. Hay un paz que contrasta con el alboroto del mes pasado.

“Nunca pensé hacer semejante papelón”, admite José Sánchez.

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A mediados de marzo Sánchez fue noticia nacional. El changarín de 40 años, padre de dos nenas de seis y de cuatro, regaló a los medios una historia fantástica: dijo haber encontrado 500 mil dólares en la calle, una fortuna que devolvió a su dueño. Un fiscal investigó el caso y concluyó que todo era una fábula. A Sánchez lo acorraló la evidencia y pidió perdón. Reveló que un arrebato, la desesperación por conseguir un trabajo formal para mantener a su familia, lo llevó a mentir. Fue un atajo pensado casi como una fórmula matemática: actitud heroica + necesidad = ayuda de la gente. El cálculo, sin embargo, salió mal.

Treinta días después su situación no ha cambiado. O sí: ahora está peor. La única ocupación fija que tenía –aunque informal– la perdió. Su esposa continúa disgustada con él y sus hijas, asegura, padecieron en la escuela alguna clase de hostigamiento.

“Acá estoy, remándola. Pintando, trabajando, mirando que a las nenas no les falte nada. Hago todo lo posible para tener la comida en el día a día. Empeoré porque lo único fijo que tenía, que era la panadería, lo perdí. Todo se me fue de las manos. Para mucha gente estoy bajo tierra. Pero no lastimé a nadie. No le robé a nadie. Pero la familia nos apoya mucho y si Dios quiere tengo la esperanza de que ya se va a dar un trabajito en blanco. Mi único sueño es ése”, reconoce. Sánchez habla mientras se levanta para sacar la pava del fuego. Ya dejó a las nenas en la escuela. Es mediodía y lo acompaña su esposa. La ronda de mate, sin nada que lo acompañe, se convierte en el almuerzo.

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Nacido en Maciá, Entre Ríos, hijo de una familia numerosa que componían once hermanos, se acostumbró a trabajar desde pequeño. Lo primero fue un tambo donde había siete vacas y “hacía queso nomás”. Caminaba 12 kilómetros de ida y otros 12 para regresar a casa. Se levantaba a las cuatro de la mañana para llegar a las seis. La rutina se repetía, de lunes a lunes. Hizo trabajos de albañilería, como pintor o como guardia de seguridad, pero el mes pasado sintió que la situación se le escapaba de las manos. “Estaba cansado de golpear puertas”, explica.

En Nogoyá cuentan la historia de otro trabajador que encontró dinero en un basural y lo regresó a su dueña. Su gesto le permitió obtener reconocimientos y ofertas laborales. Sánchez creyó ver en esa episodio una salida posible y elaboró la fábula del maletín olvidado. Nunca esperó que la repercusión de su relato llegara a los medios de todo el país. “Estaba mal, desesperado, y busqué una manera de que la gente me escuche. Pero te lo juro por Dios que nunca pensé que a través de las redes (sociales) iba a salir así. Quería algo local. Y llegó a todo el mundo. Nunca pensé hacer semejante papelón”, admite.

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La mentira tuvo patas cortas. El sábado 16 de marzo el changarín le contó lo sucedido a un periodista local: un hombre en una camioneta que se detiene, baja con un maletín y lo olvida. Sánchez que corre para advertirle, pero no logra detenerlo. Unos minutos después vuelve a encontrarlo. Ese hombre, que de acuerdo al relato se trataba de un empresario de Buenos Aires, confesó tener dentro del maletín 500 mil dólares. Ofreció recompensarlo con un millón de pesos. Sánchez rechazó la plata. Sólo pidió un trabajo formal para mantener a su familia.

La historia conmovió al país. Pero tenía un cabo suelto: Sánchez contó que además de dinero vio un arma. Un fiscal investigó y concluyó que nada era cierto. El martes a la mañana el changarín admitió la verdad. Fin de la historia. Los mismos que se habían emocionado con su honestidad ahora decían estar decepcionados.

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Con su confesión llegaron los problemas: en la panadería en la que realizaba labores habituales, aunque informales, le pidieron que no vaya más. Paola Lescano, la madre de sus dos hijas y su pareja desde hace ocho años, lo apoya, está con él, lo defiende convencida. Porque lo reconoce como un hombre honesto, buen padre, trabajador. Y porque cree además que no se abandona a quien se quiere en medio de la tormenta. Pero no sabe qué sucederá en el futuro.

La mujer dice que está “destrozada, dolida, cansada” y en medio de una situación de pareja “complicada”. Pero lo cobija: “Todos tenemos errores. Pero él dio la cara”. Está molesta con los que se burlan, con los que se alejaron como si ellos fueran “una peste”. También con los políticos “que se la pasan mintiendo”, pero después “vienen a pedir el votito” y no ayudan a la gente que, como en el caso de su pareja, sólo reclaman trabajo.

“El hombre del medio millón”. Así lo llaman algunos a José en su barrio de Nogoyá.

La vida de Sánchez giró en un par de días. Dejó las entrevistas en Buenos Aires porque “tenía que volver a changuear”. Ahora ve cómo en los programas de televisión utilizan su imagen “para hacer algún chiste”. Quiere tomarse un tiempo para explicarle a sus hijas la aparición de papá en algunos videos. “Sobretodo la más grande se da cuenta que estoy ahí y se siente mal. Les voy a explicar de a poquito que lo hice por necesidad, que estuve mal –acepta–. Pero ahora son chiquitas”.

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Aclara que en la calle, en general, la gente lo reconoce y lo respeta. “Algunos hasta vienen y se quieren sacar fotos conmigo”. Soporta alguna chanza cuando le preguntan si le quedó “algún verde” o cuando lo llaman “el hombre del medio millón”. Sigue en contacto con los clientes, repartió curriculum vitae “por todos lados”, pero por ahora sin resultado.

Como su caso tuvo repercusión nacional y en muchas entrevistas dio a conocer su teléfono recibió llamadas de toda clase: ofertas de trabajo dudosas, pastores que tratan de templarle el ánimo y hasta el comentario de que alguien podría proponer su nombre para participar en “Bailando por un sueño”, el programa de Marcelo Tinelli. Muchos le comentan que su presencia en el certamen podría ser una salida tentadora: por el dinero, pero además porque le permitiría revertir la segunda impresión que se llevaron con él millones de personas. En la primera era un ejemplo. En la segunda también, pero de lo que no debería hacerse.

“Es como que yo lastimé a la gente del pueblo. En realidad yo lastimé a mi mujer y a mis hijas. A la gente le diría que no hice nada. Mentir, todos mienten. Los políticos nos están mintiendo todos los días y el domingo los votamos como si nada. Y nunca piden perdón. Yo mentí. No me gusta andar mintiendo, pero lo hice por necesidad. Y a los dos días di la cara y pedí perdón”, explica buscando comprensión. La misma que recibió del padre Carlos, de la iglesia San Ramón, o de doña Mary, una vecina del barrio que elabora comida casera. Los dos colaboran con la familia, preguntan a diario si las pequeñas necesitan algo. Dice “no tener palabras” para agradecer esos gestos de solidaridad.

José Sánchez, al contar su fábula por radio.

Sánchez revela que la visibilidad provocó que mucha gente necesitada le pida que utilice las entrevistas para denunciar la compleja situación económica. Admite que le encantaría tener “aunque sea un minuto” para hablar con Mauricio Macri y decirle “con todo respeto y de corazón” lo mal que “la estamos pasando los pobres”.

La ronda de mates se termina. El hombre cuenta que ahora está ocupado pintando la casa de una señora. El problema es que todos los días hay que mirar al cielo. Pero no para que Dios derrame algo. Todo lo contrario. El drama se desata si llueve una semana seguida porque, según explica, “no podés hacer nada”, no ingresa dinero y empiezan a recortarse las opciones para comprar comida. Y eso, de fábula, no tiene nada.

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