Estoy frustrada: soy buena en mi profesión pero cada día enfrento el “ahora no se puede”Sociedad 

Estoy frustrada: soy buena en mi profesión pero cada día enfrento el “ahora no se puede”

Soy una persona aguerrida, dura. Difícil de voltear. Sin embargo, vivir de lo que amo, en medio de las turbulencias económicas propias del país, a veces me resulta casi imposible. El arte no es escribir sino seguir haciéndolo pese a tantas contrariedades. Es muy frustrante chocarse a diario con el “no se puede”.

Comencé a trabajar a las 15 años. No había problemas económicos en casa. O no más que los mismos que sufre la clase media de un país de la periferia del mundo capitalista. Mi padre mantenía con bastante cintura una familia de cinco hijos, en una casona tipo quinta, en Bella Vista, Gran Buenos Aires. Todos a la mejor escuela privada de la zona, pero con zapatillas berretas. Con cada cambio de temporada mamá nos llevaba en tren a Once a elegir alguna nueva prenda para reforzar el guardarropas. No debe haber sido fácil. Alimentación equilibrada, teatro, algo de cine pero nada de comprar libros todas las semanas. Cambiá con tus amigos, sacá de la biblioteca del colegio. Pero los de Puck, o los Hollister no estaban en la biblioteca. Mejor, lee los clásicos. Los leí. También asalté la biblioteca de adulta. Si lo notaron no lo dijeron.

Animadora infantil. Fue su primer trabajo a los 16. Lo dejó años más tarde por el periodismo, aunque ganaba menos.

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Mi padre era un sobreviviente. Literal. Podría haber muerto en algún bombardeo durante la invasión a Nápoles, en la Segunda Guerra Mundial, pero no pasó. Podría haber muerto de hambre o por alguna peste en la post guerra, pero huelga decir que no sucedió. Llegó a Argentina con doce años y sin hablar una palabra de español pero fue el primero de su familia en conseguir trabajo. Atendía una panadería y soportaba en silencio las burlas. Estaba -está- forrado en amianto. No le entra una bala. Así nos hizo, a su imagen y semejanza. Planteo el semblante del árbol para que se entienda de qué tipo de madera estoy hecha.

En tercer año de la secundaria decidí que necesitaba comprar cuantos libros quisiera. No aceptaría mas la dictadura económica a la que estaba sujeta. A mis padres no les pareció mal, por el contrario, estimularon mi idea. Convencí a una amiga para que hiciéramos juntas un curso de animación de cumpleaños infantiles que pagué con el dinero que ganaba trabajando unas horas en el negocio paterno. Viajábamos las dos en tren, solas, al “centro” dos veces por semana. A los 16 ya tenía un oficio rentable.

La vieja máquina de escribir. Bibiana en la redacción de la revista “La Maga”, antes de recibirse. Luego pasó a la señal de arte Canal (á).

Trabajé unos cuantos años como animadora de cumpleaños infantiles. Ganaba muy bien. Tanto que alquilé un pequeño departamento y me independicé a los diecinueve. Pero no me alcanzaba, yo quería escribir. Estudié periodismo y tuve bastante suerte, antes de recibirme me dieron la oportunidad de comenzar a colaborar con la incipiente revista cultural La Maga. Pronto estuve publicando con bastante torpeza y poco talento en un medio brillante, rodeada de amigos y colegas talentosos.

Aprendí, fui sumando experiencia. Pero seguía animando para poder pagar las cuentas, el periodismo no me daba ni la mitad de lo que me permitían ganar los cumpleaños infantiles. Me dividía entre ambos trabajos. Hasta que un día me tocó animar el cumpleaños del hijo de un famoso actor que acaba de entrevistar por la mañana. Lo tomé como una señal contundente. Dejé los cumpleaños, me tiré a la pileta. Tuve que decidir entre la comodidad de los ingresos como animadora y la inestabilidad de la profesión que había elegido. El dinero no alcanzaba. Pero el volantazo fue adecuado.

Sin embargo, la carestía o algún descalabro económico de los tantos a los que nos tiene acostumbrados el país, me decidió un día a probar suerte en otras lides. Venciendo todos mis prejuicios me presenté a un casting de televisión. La suerte me volvió a acompañar. O no, porque este desvío me llevó lejos de mi vocación. Pero aún no lo sabía. Trabajé en televisión como movilera, cronista, y conductora varios años. La escritura había quedado atrás pero el dinero me permitía vivir con mayor comodidad. Hice carrera. Estuve en el equipo fundador de la señal de arte Canal (á), hice cientos de horas de documentales culturales, gané premios, dirigí el canal. Me casé, tuve tres hijos. Los compromisos se sumaron. Mi marido y yo construimos una casa, todo parecía estar encaminado pero algo estaba siendo relegado aún sin que yo me atreviera a verlo.

¿Dónde había quedado la niña que se escondía con una linterna bajo las sábanas para leer? Mientras dirigía Canal (á) hice una Maestría en Dramaturgia. Ese fue el principio del fin. Asomarme al universo deseado me transformó por completo. Ya no pude esperar más. Renuncié al canal. Hasta mis amigos me miraban raro. Una locura, a quién se le ocurre tirar un buen puesto por la borda. Un salto al vacío. La economía doméstica se empezó a resentir y mi escritura dejaba mucho que desear.

No era la escritora que había imaginado. Sentía que me faltaban “cinco para el peso”. Aunque no lograba saber qué eran exactamente esos cinco que me faltaban. Me propuse entrenar. Del mismo modo que corro en forma sistemática desde hace décadas. Sin ayuda, autodidacta, a fuerza de exigir a mis músculos. Los dedos también tienen su propia musculatura. Durante todo un año desarrollé un proyecto de blog que consistía en escribir un microcuento diario de exactas doscientas palabras. Había leído por allí que los estructuralistas sostenían que el límite libera. Intuí que me serviría. Por supuesto que no gané ni un centavo con mi blog Autora desconocida: 365 x 200, pero algo allí efectivamente se empezó a formar. O a abrir. Ahora que lo pienso, mientras escribo estas palabras, me doy cuenta que ese entrenamiento me distrajo lo suficiente como para abrir una grieta en esa coraza de amianto heredada. Nadie puede escribir nada si no se arroja al vacío. Si no se permite la duda. Si no se arriesga a sufrir.

Poco tiempo después me agarró la tormenta. Se enfermó mi amiga Marité, cáncer. Mientras ella transitaba su enfermedad escribí mi primera novela, Una mujer corre, inspirada en su experiencia. Verla pelear con la enfermedad, aprender a pensar en la muerte como posibilidad cierta. Pensar en salir de la manera más digna posible. Fue generosa mi amiga, me ayudó a entender, me permitió espiar. La novela fue creciendo en paralelo a su tumor. Cuando la terminé me enteré que yo también tenía cáncer. Un mes después me operaron, y un mes después, el 14 de febrero de 2014, Marité murió. Ella, yo viví. O morí y nació una nueva. Una que se permite no ganar. Una más frágil, que se moja cuando llueve. Que anda por la vida sin caparazón. Que aprendió a levantar la cascarita de una lastimadura para usar como tinta la sangre.

El día que murió aún estaba convaleciente de mi operación, descansaba recluida en mi paraíso, el Balneario Orense. No esperaba semejante noticia. Largué el reposo, me puse las zapatillas y salí a correr con los puntos aun frescos. Al volver escribí mi primera poesía:

Cuando me enteré que te ibas te saqué a correr.

Te até fuerte a mis zapatillas,

te dejé volar junto al mar.

Enterré tus pies en la arena,

enredé tu pelo en el viento,

humedecí tu cara con sal,

sazoné el aire con tu perfume.

Te dejé planear, tomar altura,

bajar al ras del agua,

salpicarte con espuma,

barrenar una ola,

quemarte de sol.

Solté tu risa.

Reverbera tu voz entre los médanos.

No le cuentes a nadie,

pero te dejé toda desarmada

​escondida en nuestra playa.

Dudo que te puedan enterrar.

No paré nunca más. Mi vida cambió radicalmente. Le torcí el brazo al cáncer, me separé, formé una nueva pareja. Publiqué dos novelas, un libro de cuentos, un libro de crónica periodística, estrené dos obras de teatro de mi autoría, guioné varios documentales y un par de miniseries de ficción. Pero mi intuición de juventud no se equivocaba. A excepción de estos últimos dos casos (que son trabajos televisivos finalmente) nunca logré ganar suficiente dinero como para vivir de lo que escribo. Sumé clases, charlas, conferencias, seminarios y colaboraciones y tengo un pasar económico tan incierto como el de la mayoría de mis compatriotas, pero zafo. El año pasado, en la Feria del libro de Bogotá, conocí a un grupo de escritores de novela juvenil.

Me confirmaron lo que sospechaba: la única manera de vivir de los libros publicados es dedicarse al juvenil o a la novela romántica. Como estoy muy lejos del romanticismo me decidí por intentar con los jóvenes adultos, como los llama ahora el mercado. Hice un seminario sobre literatura infantojuvenil porque me parecía demasiado lejana. Soy la hija del sobreviviente, no me iba a amilanar por tan poca cosa. Logré finalmente escribir una novela de la que me siento bastante orgullosa pero la terminé en agosto de 2018, justo en medio de la devaluación. El dólar subía en forma inversamente proporcional al descenso de mi esperanza. El precio del papel está atado a la divisa extranjera. Las editoriales dejaron de recibir propuestas. Y eso que en las mesas de novedades de las librerías todavía se exhibía mi último libro.

¿Bajé los brazos? No. Antes muerta. O porque sé que hacia allí voy es que no paro. Debo lograr la mejor versión de mí misma antes de que llegue ese último día. Y no podría lograrlo negando mi vocación. Durante mucho tiempo me pregunté por qué hacerlo. Por qué escribir si jamás podré vivir de eso. Por qué escribir si duele tanto hacerlo bien. Por qué escribir si hay tanto material maravilloso para leer. ¿Qué podría aportar yo al universo literario que no haya sido ya aportado? Estoy llena de dudas.

La duda no es un estado agradable, pero la certeza es un estado ridículo, Voltaire dixit. De tanto preguntarme por qué encontré sin embargo una respuesta. Escribo porque no puedo evitarlo. Y cada vez que trastabillo me lo recuerdo. Como ahora que, pese a que sé que nadie tiene dinero para comprar libros, en lugar de bajar los brazos publico mi tercera novela. A sacudirse fuerte, a no bajar los brazos. No rendirse ni aún rendido. No retroceder ni para tomar envión. La madera no es muy distinta al árbol, ¿verdad?

Aún la duda, sin jactancia. Incluso sabiendo que no podría evitarlo a veces me enojo. O me olvido de mi determinación. Por suerte tengo la fortuna de tener a mi lado a un compañero que sin ahogarme observa de lejos cómo me estrello contra el vidrio, como los bichos que buscan la luz. Pero cuando me ve merodear lejos del objetivo me recuerda: “No olvides que escribís porque no podés evitarlo”. Y sigo. Voy bien pertrechada. Me acompaña incluso la mirada reprobatoria de mi progenitor. Hace algunas semanas soltó aquello de que había que tener un ahorro para evitar que ante cualquier cimbronazo de salud otro me tuviera que mantener. Se siente orgulloso de que él nunca será una carga para nadie. Supongo que ese es su norte, el tampoco puede evitarlo. Voy creciendo, ya estoy grande. Evité una respuesta adolescente, no me animé a decirle que lo único que me interesa juntar son experiencias, libros, viajes. Que no puedo ahorrar porque estoy muy concentrada en pagar deudas. Ya tuve mi escarceo con la parca, sé que no hay dinero que pague el sacrificio de mi deseo.

La libertad tiene un costo elevado, casi impagable. Es difícil ser creativo cuando el rojo del banco aprieta. Sin embargo, sigo mi naturaleza contra viento y marea. ¿Acaso podría evitarlo?

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Bibiana Ricciardi es escritora, periodista, realizadora audiovisual, dramaturga, docente y corredora. Sobre todo esto último. De hecho su primera novela se llama “Una mujer corre” y su protagonista corre de principio a fin. La maratón en la que ha convertido su vida la llevó por caminos, atajos, encrucijadas y atascos. Actualmente es docente de la Universidad Nacional de Mar del Plata, donde también desarrolla un proyecto de escritura colectiva en el Teatro Auditorium. En estos días la editorial Alto Pogo está publicando su tercera novela “La Lista”, una suerte de trip erótico con el que reflexiona sobre la pareja y el amor. El libro será presentado en las próximas ferias de Buenos Aires y Bogotá.