Marta en el País de las maravillasEspectáculos Política 

Marta en el País de las maravillas

La muerte de la compositora Marta Lambertini, el martes, a los 81 años, fue en cierta forma inesperada. No porque no se supiese que tenía problemas de salud, sino por el humor que ella mantuvo hasta sus últimos días. Tenía leucemia, aunque ella nunca había terminado de aclararlo. “Estoy en modo Drácula”, bromeaba sobre sus periódicas transfusiones. Ella en verdad estaba siempre en “modo irónico”, aunque la suya era una ironía amable, dulce, de una proverbial cortesía.

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El día de su muerte una amiga de la Academia Nacional de Bellas Artes la evocó como ocasional intérprete de tangos “catástrofe” en un cumpleaños de Irma Costanzo, acompañada por Gerardo Gandini en piano. Yo también me acuerdo de esa noche, hace 30 años o más, en el Espacio Giesso de San Telmo, un poco antes de que Gandini fuese convocado como pianista de Piazzolla y mucho antes de su invención de los “Postangos”. Gandini todavía se consideraba un extranjero en el mundo del tango. “No te preocupes -le dijo Marta-, vos seguime a mí”, y se puso a cantar mientras le indicaba al pianista los grados armónicos con los dedos de la mano. “Fumar es un placer sensuaaalll, geniaaalll…”, exageraba divertida.

Lambertini tenía una rara mezcla de desparpajo y reserva apolínea, y pocas cosas lo muestran con tanta claridad como sus óperas de cámara; entre ellas ¡Cenicientaaa…!, con su idioma inventado sobre la base de idiomas reales, que sin embargo nunca terminaba de abandonar un lazo con el sentido; un idioma errado, cómico y revelador. Es probable que el poderoso efecto de sus piezas escénicas proviniese de la coexistencia de un idioma y una teatralidad desopilantes con una música que marchaba por su lado con toda seriedad.

Cuando se estrenó en el Teatro del Globo, en julio de 2008 en una producción del Centro de Experimentación del Teatro Colón, ¡Cenicientaaa…! fue anunciada como una ópera para niños. A pesar de estar basada en la recopilación de Charles Perrault, no creo que Lambertini pensase realmente en un público infantil. Como para Kurtág, Schumann o Ravel, seguramente el mundo infantil no fuese para Lambertini otra cosa que un mundo misterioso.

Su primera ópera fue Alicia en el País de las maravillas. Sentía fascinación por Lewis Carroll, por los juegos de espejos (con toda la significación que estos juegos tienen en la historia de la música y el contrapunto), las situaciones engañosas. Es que Marta Lambertini tuvo, además de todo, la escuela de su padre, un médico que era también profesor de química y un mago sumamente habilidoso que fascinaba al público con actuaciones a beneficencia en distintos teatros de San Isidro. La pequeña Marta asistía al padre en esas sesiones, y según testimonios tocaba la marimba. No es difícil imaginarlo: qué mejor que el crescendo de un trémolo de marimba para revelar la desaparición de un cuerpo humano dentro de una caja de cartón.

A pesar del tiempo transcurrido, recuerdo especialmente el estreno de Galileo descubre las cuatro lunas de Júpiter en el Teatro Colón, en 1985, por la Filarmónica de Buenos Aires. En esa obra probablemente converjan los principales rasgos de la imaginación de Lambertini, empezando por el título: son muchas las obras de la autora que aluden a fenómenos celestes, constelaciones, planetas (Quasares, Vaghe stelle dell’Orsa, La espada de Orión, entre otras); en este caso, las proporciones de la obra parecían exigir algo más: una acción, una épica astronómica. Galileo descubre las cuatro lunas de Júpiter probablemente sea su obra instrumental más ambiciosa; una pieza para gran orquesta cuya duración dobla los diez minutos habituales de la música argentina de aquella época.

La metáfora astronómica se proyectaba sobre ciertos aspectos de la orquestación, que tenía órgano y campanas y se salía del espacio convencional del escenario para prolongarse en un grupo de tres violines en el palco presidencial del Colón; y se proyectaba además sobre la forma: como algo que se observa a distancia, la obra transcurría en un movimiento continuo, sin grandes contrastes; una superficie lentamente cambiante y hormigueante, con pequeños motivos que ejercían su acción desde un segundo plano y que sólo podrían ser individualizados por un telescopio, entre ellos un fragmento de un madrigal de Carlo Gesualdo.

El madrigal completaba el simbolismo. Por un lado, Gesualdo y Galileo fueron contemporáneos y puede pensarse que los unió una similar pasión experimental. Por el otro, el empleo (secreto, nunca oído con claridad) de ese madrigal significaba que para Lambertini, como para su maestro Gandini, la historia de la música es algo que el compositor tiene a disposición en su totalidad. Su quinteto Reunión, que estrenó en 1994 el Cuarteto Buenos Aires con Gandini en piano, es un ejemplo particularmente bello y original de lo que Marta Lambertini pudo imaginar a partir de unas pocas notas del cuarteto La caza de Mozart.