Horacio Accavallo: el “faquir” que fue campeón del mundo y se retiró sin perderSociedad 

Horacio Accavallo: el “faquir” que fue campeón del mundo y se retiró sin perder

“Honesto, humilde, personaje, buen tipo, referente”. Así define Horacio Accavallo Jr. a su padre –y homónimo–, a quien Nicolino Locche llamó “el mejor boxeador argentino de la historia”.

Campeón mundial entre 1966 y 1968, Accavallo representa al deportista devenido en héroe nacional, al pibe de una villa del sur que se hizo a las piñas.

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Mucho se escribió sobre este compadrito de los arrabales sureños. Su hijo, a quien entrevistó Clarín, resumió los aspectos más sobresalientes de su vida en el libro Horacio Accavallo: El pequeño gigante que venció al destino.  

Accavallo padre nació en 1934 y sobrevivió los primeros años de su vida juntando basura en la quema; fue trapecista, equilibrista, faquir, lustrabotas, botellero y boxeador por defecto.

Cuando tenía 14 años, mientras trabajaba en un circo, vio que tenía condiciones para el pugilismo: para entretener a su público, desafiaba a los más grandotes y siempre ganaba. Medía un metro y medio, y contaba con la ventaja de ser zurdo.

Cuando se abrió un gimnasio cerca de su casa, fue a anotarse. Llegó con un cigarrillo negro en la boca. El primer día, lo hicieron guantear con tres personas. Tomó el apodo de “Roquiño”.

En el 58, Horacio viajó a Italia por once meses y venció al campeón nacional Salvatore Burruni. No había dudas de su talento. Sin embargo, le costó hacerse una carrera. Según relata, fue aceptado en el circuito del Luna Park gracias a la carta más valiosa, el cariño de sus seguidores.

En 1966 llegó la conquista del campeonato mundial en la categoría “mosca”, cuando venció en Japón al nativo Katsuyoshi Takayama, a 15 rounds, por decisión dividida. Las casas de su barrio se convirtieron en verdaderos búnkers donde los vecinos se agolpaban para escuchar la transmisión radial.

Una comitiva argentina de reporteros viajó a verlo a tierras niponas. Emilio Laferranderie, el enviado de El Gráfico más conocido como “El Veco”, sintetizó esa jornada mejor que nadie: “Es el gran día, Horacio. Esta cumbre que alcanzás a los 30 años reservaba en un cofre la gran sonrisa. ‘Hay mucho llanto debajo de todo esto’, nos dijo [su mánager] Vaccari. Entonces, reíte, Horacio… Reíte sin parar”.

La crónica, que puede encontrarse en internet, representa una de las joyitas históricas del periodismo deportivo rioplatense.

Accavallo vs. Takayama (Japón)

Accavallo cosió los dólares que ganó en esa pelea al forro de su saco y durmió con él hasta que volvió. Conocía bien el valor del dinero.

Defendió el título tres veces, de manera exitosa: primero ante otro japonés, Hiroyuki Ebihara; luego ante el mexicano Efren Torres; y, por último, con Ebihara nuevamente.

“Tito, no peleo más porque no puedo dar más el peso”, le dijo Accavallo en el 68 a Tito Lectoure, el icónico dueño del Luna Park. “Si pierdo voy a dejar de ser campeón. Si me retiro, seré campeón para siempre”, agregó. Así, el segundo argentino en llegar a lo más alto del deporte, rompía con la maldición de los boxeadores que acariciaban la gloria y terminaban perdiendo casi todo. Es lo que le había ocurrido al “Mono Gatica” y a “Pascualito” Pérez, el primer campeón argentino.

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“Si bien me gusta mucho el boxeo, solo lo veo, nunca practiqué. Cuando nací, en el 75, él estaba retirado y se dedicaba a los negocios.”, aclara su heredero. 

Accavallo era su propia marca. Y la exprimió. Fuera de los rings emergió su faceta comercial. Supo vender desde ruleros hasta camas matrimoniales, pasando por ropa, calzado y encendedores; tuvo galpones, restaurantes, mueblería y heladerías. Siempre en zonas populares como Pompeya, Lanús, Berazategui y Once.

Hasta apareció en algunas películas y prestó su voz para la intro de una canción de la banda 2 minutos. Por el hit punk “Piñas van, piñas vienen” lo conoció una nueva generación de pibes jóvenes.

El hijo recuerda su mejor anécdota: “Cuando estuvo en Japón, hizo una publicidad a cambio de un canje de varios relojes. Al volver a Argentina, ya campeón, se rodeaba de gente del poder, empresarios, farándula, funcionarios. Café de por medio, se ponía un reloj y empezaba su juego. Eran los primeros con alarma y llamaban la atención. Les hacía creer a todos que ese reloj era el último y decía ‘bueno, por ser vos, te lo vendo’. La viveza de la calle llevada al extremo… ¡ése es mi viejo!”.

Horacio Accavallo. Clarín.

Accavallo sufrió dolores fuertes, como la muerte de su hija por un accidente de tránsito en 1998. Hoy está enfermo y lo cuida su familia, con todo el afecto que cosechó a lo largo de su vida. 

La historia del “pequeño gigante” inspira. Para Accavallo Jr., su legado es “la humildad para afrontar la vida y luchar siempre por los sueños, no importa que tan grandes sean”. Citando otra vez al Veco: “Vos, el auténtico, sos ese que habla de ‘la patria‘. Y artículo tan caro, Horacio, no tiene comprador en la galería de Villa Diamante”.